ALEGRÍA

Alegría. Hoy la alegría es la que nos conduce. Alegría, ¡qué bella palabra! Lo tiene todo, una palabra sencilla, que se inicia por la primera vocal, vocal abierta, llena, como la misma alegría, y también compleja, con esa sílaba trabada en la que se deshace un diptongo con la fuerza y la intensidad, de la “i” de la ilusión, como si ella misma en esa fuerza de voz, quisiera ascender hacia los cielos. “Alegría”, palabra que se inicia y termina por la misma vocal, donde el principio y el fin coinciden, coexisten en perfecta armonía, en la armonía divina, que es el único sitio y lugar donde reside la alegría.
Alegría, hermosa palabra que los mal intencionados, han querido secuestrar para sí, desligándola del cristianismo. Tal vez haya errado, al decir mal intencionados, pues tal vez no sepan lo que hacen, ni tampoco lo que dicen, aquellos que intentan atribuir a los cristianos, incluso a veces, desde dentro, esos mismos que se hacen llamar cristianos, ese espíritu de congoja, de pena, de sufrimiento, de dolor permanente, de sacrificio insufrible, de sufrir mucho y que se vea, sobre todo, que se vea, para así ser mejor cristiano.
Ignorantes son aquellos que van diciendo por ahí, y por desgracia de una forma mucho más frecuente de lo que sería admisible y deseable, que la cruz es un símbolo a exterminar, pues es símbolo de dolor y sufrimiento, de vejación y de tristeza, de hundimiento y de tragedia, que es necesario erradicar. Necios ignorantes.
Necios ignorantes, también aquellos que piensan que el vivir en la pobreza, con lo necesario, sin grandes ni pequeños excesos, es sufrir y estar triste.
Necios e ignorantes aquellos que piensan que no está alegre aquél que da lo suyo al prójimo quedándose sin ello, que sacrifica su tiempo, espacio y dinero, por atender al necesitado. Necios e ignorantes aquellos que piensan que no puede estar alegre aquél, que no sucumbe a los placeres y ofrecimientos que el mundo pone permanentemente a nuestro alrededor, pues solo piensan que la envidia le carcome, como pensaría el ladrón…que todos son de su condición, y sin concebir alternativa posible.
Necios e ignorantes aquellos que piensan que el cristiano no es por definición, un ser alegre.
Necios e ignorantes son, porque no conocen la alegría, la verdadera alegría, la alegría del cristiano, pues podemos decir que como tal, es posesión inherente y exclusiva de aquellos que tienen y sienten dentro a Dios.
La alegría no es un sentimiento pasajero, con altibajos y bullicioso, no es un sentimiento nómada, sino sedentario, no es un "estar alegre" el del cristiano, sino un "ser", un verdadero ser alegre, cuando se descubre el enorme tesoro, que lleva a saber, a conocer, a tener la sensación interior de que sin tener ojos para nada material, ya se tiene todo.
La alegría de cristiano, la verdadera, real y leal alegría es un sentimiento estable, que se aloja poco a poco, casi sin darnos cuenta en el fondo del corazón. Es una sensación interior de plenitud, que poco a poco va, incluso mostrándose físicamente, como si verdaderamente hasta consiguiera dilatar la cavidad torácica, haciéndose el ser, más grande, más pleno, con más sensación de poder, de poder humilde, poder, no propio, sino poder divino, inmenso poder desde la profunda humildad. Es muy posible que cueste entender esta frase en apariencia antagónica, el inmenso poder desde la humildad, pero no es cuestión de explicarlo, sino de sentirlo.
Ese sentirse tan bien, pasando desapercibido, sabiendo que se ha hecho el bien desde la oscuridad llena de luz, del anonimato, siendo capaz de dominar todos esos impulsos e instintos animales que nos llevan a querer ser admirados y a sobresalir entre los demás. Es una alegría tal, esa de la discreción, de hacer el bien a oscuras y sin mirar a quién, incluso a nuestros “no amigos”, pues a nuestros amigos, bien sabemos, que es fácil hacerlo y poco mérito tiene. Es tal esa alegría, que se asemeja, a sentarse en los bancos del final, cada vez más cerca de aquél último que siempre está ocupado, ocupado por Jesús, mirándonos, animándonos, llamándonos, apoyándonos. Al retroceder en los bancos, al sentarnos atrás, en vez de en la primera fila, es cuando comenzamos a ver, a ver en plenitud, a tomar perspectiva, a no tener la visión tan limitada, como la del que está en el primer banco, que sólo disfruta sintiéndose mirado y admirado, con su espalda colapsada de ojos fijos en él, pero ciego, sin ver nada, nada, sin tan siquiera saber, si se encuentra en un recinto vacío o repleto tras él.
Sin embargo, cuando comenzamos a avanzar, retrocediendo puestos hacia atrás, nuestra visión se abre. Se abre tanto más, cuanto más avancemos en el retroceso, cuanto más humildes y siervos serviciales nos hagamos, pues así, es como vamos viendo.
Cuando decidimos mirar antes, la viga de nuestro ojo, que la paja en el ojo ajeno, curiosamente, muchas veces, casi siempre, todos nos descubrimos habiendo estado alojados en algún momento de nuestra vida, en ese primer banco, habiendo querido ser mirado, admirado, halagado, habiendo querido que otro se quitara del primer puesto para ocuparlo nosotros. Y así, nos reconocemos, como en una película en el tiempo, habiendo conocido otra “alegría”, falsamente llamada alegría, queriendo suplantar la alegría real, por lo que en realidad es, un encubrimiento de la soberbia y del egoísmo que tiene picos de satisfacción, tanto más altos cuando más se enaltezca uno, y por ende, se humille a los demás, cuando más orgulloso sea uno por el hecho de ser admirado. Suplantación demoniaca total y absoluta, confundir el verdadero ser la de la alegría, queriendo apropiarse de lo que no es suyo, y jamás lo podrá ser, pues eso, eso, no es Alegría.
La alegría es constante, es permanente, es una actitud de vida, exenta de afecciones externas, es un vivir en plenitud, una aceptación esperanzada de la voluntad de Dios, de todo lo que ocurre en nuestras vidas. Así pues la alegría es una forma de vida, es la forma de vida cristiana por excelencia, que no es posible modificar ni alterar, ni tan siquiera por los peores sucesos que nos puedan acaecer, pues como decía nuestra Santa Teresa de Jesús, quien a Dios tiene, nada le falta. Y tanto que sí ¿Qué más se puede ansiar que tener a Dios, y no sólo eso, sino formar parte del mismo Dios?
No sólo Santa Teresa, sino que también, bien claro nos lo decía y repetía San Pablo:

“Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad siempre alegres” Flp. 4,4


Y cómo no, recordar a Don Bosco, quien a buen seguro que llevaba esta frase de San Pablo anidada en el alma, pues a pesar de todos los sufrimientos, penurias, persecuciones y calamidades que tuvo que pasar tras las persecuciones generadas por el ambiente anticlerical de la Italia del S. XIX, nunca estuvo triste ni alicaído, sino que por el contrario, muy bien conocida es, esta bellísima frase que repetía:

“Tristeza y melancolía, fuera del alma mía”
Frase que curiosamente, 300 años antes, ya acuñó en España con las mismas palabras, la Santa de Ávila. No podemos ocultar, que el que se acerca a Dios, de forma inmediata, tiene esa vivencia extrema y permanente, transformadora y renovadora de la mente y del alma, que es la Alegría.
Esa es la alegría permanente del cristiano, el saber que no hace falta nada para tener lo más, lo más grande que pueda ser imaginado, el tesoro más valioso y bello que jamás se pueda ansiar, la alegría.
Alegría es esa sensación de rebosar, de no poder pedir, ni tener más, pues el mismo Dios, está con nosotros infundiendo y protagonizando, de forma gratuita, por amor, ese sublime sentimiento.
Amor, la causa que proporciona esa alegría, y que se halla culminantemente representado en la bellísima cruz, cruz de la alegría, de la alegría de la vida, de no estar solos, sino de estar en la alegría del amor, de sentir y saber que la muerte no es el final ¿Qué mayor alegría puede haber que la de contemplar la Cruz?
Todo el mensaje del cristiano es un mensaje lleno de inmensa alegría, de principio a fin.
Recordemos pues, algunos de estos mensajes que nos hablan de la verdadera alegría:

“Alégrate llena de gracia, el Señor está contigo” Lc 1, 28
Apenas ésta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo exclamó: "Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre". Lc. 1, 41


“Mi espíritu se estremece en la alegría de Dios mi Salvador” Lc. 1, 47


Dice Juan cuando comienza Jesús su ministerio:
“Esta es mi alegría que ha llegado a su plenitud” Jn. 3,29




Jesús dice a sus discípulos: No os alegréis, de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo". Lc. 10, 20


El mismo Jesús se llena de alegría y de gozo en la humildad:
En aquel momento Jesús se llenó de alegría del Espíritu Santo, y dijo: "Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los poderosos y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.”


El mismo mensaje de Jesús es la fuente de la eterna alegría e inmenso gozo:
“Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plena”
Jn 15, 11


Jesús les promete a los discípulos, llegar a conocer, a descubrir la verdadera alegría:
“Estaréis tristes pero vuestra tristeza se convertirá en alegría” Jn. 16, 20


Insiste diciendo:
“Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os podrá quitar vuestra alegría” Jn 16, 22

Llegamos al final de esta reflexión, no sin antes, demostrar la alegría que prevalece en el corazón de un cristiano, elevando al Padre una plegaria: Perdona Dios nuestro a aquellos que no entienden este mensaje, y haz en tu divina misericordia que todas esas almas errantes de alegrías efímeras, sean capaces de probar, degustar y así descubrir, la alegría, la inmensa alegría de ser verdaderamente cristiano, la alegría que reside en ser fiel seguidor de Cristo.


Charo Ferreira
Diciembre 2014