APARIENCIA

Apariencia es hoy la guía. Sí, no me equivoco, la apariencia nos guía para intentar conocerla, reconocerla y huir de ella. Sí, huir de ella, pues apariencia es no verdad, apariencia es dar a conocer o a entender, lo que no es, y por lo tanto algo falso, algo aparente, algo erróneo, y falto de fundamento y veracidad. Apariencia es por desgracia casi todo en el mundo, y a medida que el mundo avanza, cada vez más. Cada vez hay más interés por aparentar, más que por ser realmente. Esto viene muchas veces supeditado, condicionado o impelido por el gran mal del mundo contra el espíritu, por el mal del demonio contra Dios, por la soberbia y el egoísmo frente a la humildad y el amor.
He aquí los dos extremos que no se tocan, los dos extremos que a diferencia de otros muchos que convergen en la eternidad, son, entera y completamente divergentes, completamente extremos, como Dios y el demonio. Soberbia y humildad. Ser el mejor y a cualquier precio. Nada se puede interponer en mi ansia de que los demás me admiren, me alaben y caigan rendidos a mis pies. Nada puede interferir ante mi deseo que ansío sobre todas las cosas ver culminado, de mi subida en el pódium, de ver a los demás desde arriba, y ellos desde abajo, rendidos, arrodillados, embobados por mi deidad, por lo que tengo, por mi puesto, por mi dominio, por mis contactos, por mi importancia, por ser el más guapo, el de mejor coche, el más rico, el más poderoso a cualquier precio, pues poseo los contactos y la forma de que todos se rindan a mis pies. Así me gusta contemplar a los que me rodean, observándolos henchido y lleno de orgullo, mirándome desde abajo con la vista alzada hacia las alturas, mis alturas, lo suficientemente cegados por mi deslumbrante poseer, arrodillados y suplicantes, siervos serviles que me adoran y se me acercan pidiendo o mejor dicho… suplicando unas migajas de favor, que les daré si se portan bien y hacen lo que les mando sin rechistar, sin causarme problemas, enalteciéndome y atendiéndome en todo lo que les indique a cambio de esas sobras que les dejaré caer a los pobres míseros que no me llegan a la suela del calzado. Esto es, apariencia, apariencia de deidad, apariencia y suplantación de personalidad.
Éste enorme mal, en el que muchos, o todos nos vemos representados en algún momento de nuestra vida es la soberbia, contra por contra, extremo completamente opuesto e inconexo con la humildad. Éste que pensamos leve pecado de la soberbia es simplemente el peor de todos, pues sin apenas darnos cuenta, queremos suplantar a Dios en nosotros, elevarnos a ser admirados, encumbrados, alabados y homenajeados por todos los que nos rodean, queriendo disponer de ellos como dioses todopoderosos ante los súbditos esclavos, como faraones del S XXI ante el pueblo hebreo.
Apariencia, todo apariencia es la soberbia, una vela hinchada por el viento que repentinamente cesa, una tersa piel que envejece por momentos, una barca hinchable que pierde aire de forma irremediable, esa es la apariencia, una Eva o un Adán queriendo tomar el papel de la sabiduría divina, una completa rebelión a la voluntad y a la supremacía divina, una negación de sí mismo, en un enajenamiento tal que quiere vender el alma, que le quiere entregar al demonio lo que es, lo que no es suyo, por estar hecho a imagen y semejanza divina, humilde.
Humilde como el mismo Dios, que nos deja a nosotros, obra de su creación, obrar en esta esquizofrénica escena mundana de la apariencia. Humilde el mismo Dios que nos confiere una libertad que nosotros transformamos con nuestros semejantes en imposición e inquisición, en orgullo y regodeo por su humillación que conlleva nuestro ensalzamiento en la vacía apariencia.
Humilde como el mismo Dios, que lejos de aniquilarnos por nuestra actitud reiterada de no reconocerle a Él como único Dios verdadero, sino amándonos a nosotros sobre todas las cosas, no sólo no nos hiere, sino que nos busca y nos ansia, esperándonos con los brazos de amado Padre completamente abiertos para fundirnos con Él en un inmenso y eterno abrazo. Inmenso y eterno abrazo que sólo tiene lugar cuando aprendemos a ser humildes, a reconocernos como somos, sin ningún poder, más que con el máximo poder divino.
Humildes somos si a Él le reconocemos como máxima autoridad, y en sus manos nos ponemos, es decir si hacemos de su voluntad la nuestra, y de la nuestra la suya, unión biunívoca e indestructible que nos lleva en su mano protectora por los senderos de la vida, de esa vida que nos da a cada instante, para llevar a cabo la tarea encomendada en este mundo, el ser, el ser como es Él, humilde y amor puro, completa antítesis con la soberbia y el egoísmo, cuya espantosa mezcla confluye y conlleva al odio.
Apariencia que deja de serlo para ser divina realidad del ser, en la humildad, en esa que nos enseñan los misioneros, los monjes, los Padres de la Iglesia, los eremitas, los peregrinos, los que lo dejan todo para verse realmente, no aparentemente, con esa grandeza interior que sobrepasa toda la que pudiera tenerse y sostenerse de forma exterior. Ese renunciar a la aparente apariencia para verse cara a cara, no como en un espejo, para descubrir ese universo de grandeza interior que se tiene y se descubre, cuando uno, lejos de buscar el primer banco, el renombre, el poder y la fama, la apariencia del qué dirán, opta por sentarse en el último banco, con los pobres y los necesitados, para ofrecerles ayuda, compañía o consuelo, sin buscar el codearse con el famoso o el enjoyado, con el de renombre o de postín, riquezas externas que impiden ver las internas.
Es bello, es realmente bello, ver a esos santos en el mundo, santos humildes, santos monjes, que huyen del ensalzamiento, que les molesta, pero no con falsedad, no con falsa modestia, sino porque no se encuentran en su entorno, en su medio, porque lo ven como una intromisión de lo mundano en sus vidas, esos méritos o ensalzamientos, esos títulos que desearían no tener, esa plaga de gentes que se les acerca por el título o por la noticia, por el renombre o el decir qué.
Bella belleza la de la inmensa humildad, bella belleza que les ilumina de forma radiante más que si estuvieran alzados en cualquier púlpito o iluminados por la mayor estrella del firmamento. Así es San Pablo el que nos da la clave para ser, no para aparentar, para alcanzar las promesas, del que es, del que no miente, del que nunca falla.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 5,16-24
Hermanos:
Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros.
No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía; sino examinadlo todo, quedándoos con lo bueno.
Guardaos de toda forma de maldad. Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo.
El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

Así, orando y meditando, estando inmensamente alegres en el Señor, en tenerlo todo, sin necesitar nada que no tengamos, pues Dios nos lo da todo a cada uno de los que envía al mundo, es como llegamos a vivir del ser y en el ser, no en la apariencia.
Nos envía a ser veraces, a ser luz, a ser reflejo de la verdad interior con la que nos colma de paz y alegría, y que sólo saldrá al exterior, si nos encargamos de mantener una unidad pura, de nuestro interior y exterior para que esa luz potente que habita en nosotros, si la dejamos alumbrar, sea un límpido reflejo en el exterior, reflejo del alma y en el cuerpo, que se vea en nosotros imagen de la Verdad allá por donde vayamos.

Realidad y verdad, nunca apariencia, siempre verdad, humildad, y amor.


Charo Ferreira
Diciembre 2014