ARREPENTIMIENTO


Arrepentimiento. Palabra profunda, de raíces y de significado. Ahondando en ella, descubrimos que procede de una raíz latina, poena, que se traduciría por pena, y poenitere, penitente, acompañado del prefijo re- que indica repetición. Otros, profundizan en la palabra no yendo al latín o a la propia procedencia de la palabra, sino al verdadero sentido con el que aparece en las Escrituras, y en este caso, el sentido es similar, pena, compungimiento, dolor de corazón, pero con un sentido de cambio, de renovación de la mente, como el inicio a una vida nueva. Y la verdad es que con esta sencilla introducción versando sobre el significado de una sola palabra, son multitud de citas las que aparecen por doquier haciendo referencia en mucho o en parte a ella.
“Arrepentíos, que el reino de los cielos está cerca” Mt 4, 17, palabras con las que inicia el mismo Jesús su predicación y que antes había dicho y repetido hasta la saciedad, quien le preparaba el camino, San Juan Bautista: “Arrepentíos porque el reino de los cielos está cerca”
Pedro, avisa también de la necesidad del arrepentimiento: “Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” Hch. 2, 38
“No os ajustéis a este mundo sino transformaos por la renovación de la mente”, como nos recomienda San Pablo en su Carta a los Romanos capítulo 12.
Pero además de todas estas frases y otras muchas que repiten y reiteran la idea de ese arrepentimiento, hoy me llama la atención una frase del libro del Apocalipsis, que nos dice y advierte:
“A los que yo amo los reprendo y los corrijo. Sé ferviente y arrepiéntete”
Frase aparentemente sencilla, pero que me inspira una profunda reflexión, como compilación de esos verbos o acciones a las que anima y apela. Amar, reprender, corregir, ser ferviente, como ardiente, sentido, y finalmente arrepentirse. Frase breve pero llena, repleta, atestada de acciones. Mucho trabajo en muy poco espacio.
Volviendo a la palabra que abre la reflexión y analizándola en el hoy en día nos atrevemos a decir que es desgraciadamente una palabra desconocida, una palabra demodé, como tantas otras, y por eso probablemente forma parte de esta reflexión que pretende rescatar lo necesario, lo importante, lo que no caduca, pues Dios es el mismo ayer, hoy y siempre, y sus enseñanzas por ende, cumplen su inalterabilidad, para los que deciden seguir su camino, el de la salvación. No creo que sea algo para pasar por alto que San Juan Bautista y Jesús incidan en esa palabra, en la necesidad del arrepentimiento como punto de partida y eje de su predicación.
¡¡¡Tantas y tantas veces, dijo Jesús, arrepiéntete, vete y no peques más…!!!
Renueva tu corazón, siente que el camino anterior no es el correcto, sino el nuevo, el que se abre, partiendo de esa pena, de ese dolor interno y de esa tristeza por la debilidad humana que nos hace caer en la tentación y en el pecado, y decide firmemente emprender un camino nuevo, renovador, con un firme propósito de enmienda, con una fuerte y sana intención de no caer de nuevo, de ir dando pasos hacia esa perfección, hacia Dios.
Arrepentimiento, algo que debemos analizar muy detenidamente aunque sólo sea por la insistencia y el empeño de todos aquellos que bien conocen el camino, de que ese es el inicio de la vereda, que si no se llega al arrepentimiento, a ese umbral para comenzar a peregrinar, es inútil todo lo demás que hagamos, carreras y maratones, porque no van por el camino que lleva a la buena meta. Mucho mejor ir lento, pero por la senda correcta, por la que requiere como punto de inicio, como ingrediente especial de la mochila del peregrino, el arrepentimiento.
Arrepentimiento, algo peligrosamente desconocido en nuestros días, pues la humildad es requisito imprescindible para reconocer las faltas, y poder arrepentirse de ellas, reconocer que se ha obrado o actuado mal, y como bien sabemos, no es esta virtud de la humildad algo que tenga buena prensa en nuestros días, sino todo lo contrario, pues lo que vende es la altivez, la soberbia, el ser mejor que el prójimo cueste lo que cueste y a cualquier precio.
Sin embargo, no es productivo ni instructivo pensar que el arrepentimiento es misión imposible en esta sociedad, sino que lejos de ser algo que rebaje, ensalza, y basta simplemente con hacer la prueba, la prueba de ser humilde, de no juzgar al prójimo, de prohibirse a uno mismo buscar la paja en el ojo ajeno, aunque a veces sea viga, sino mejor profundizar para encontrarnos la viga, la paja o la mota en nuestro propio ojo. Cuando nos molestamos en recuperar esa sanísima actuación de poner en marcha el arrepentimiento, con todas sus partes y facetas, nos descubrimos en nuestro propio interior liberados, elevados, afortunados, llenos de paz y alegría. Cuando decidimos mirar al pasado y recordar esas recomendaciones que nos hacían de niños, y que la sociedad y por desgracia una gran parte de la Iglesia, se han encargado de ir demoliendo y enterrando, que es el profundizar en uno mismo, el aprender a ponernos en el inicio del camino, con ese arrepentimiento, es cuando comenzamos a encontrar que el camino, que parecía oscuro sinuoso y pedregoso, se torna alumbrado por un cálido sol y que lo que antes parecían sendas impracticables son bonitos caminos de alegre vegetación.
Lamentablemente, como decía antes, las nuevas generaciones llegan a desconocer los Sacramentos hasta tal punto que no saben, ni pueden practicarlos, y eso es culpa y responsabilidad nuestra. Algo que debería asustarnos, pues todos como Iglesia tenemos la santa obligación de retomar y recordar esa obra de misericordia, que nos enseñaban en el catecismo de antaño, “enseñar al que no sabe”, sobre todo si son niños y jóvenes que Dios ha puesto en nuestras manos para guiarles y enseñarles, para hacer actualidad esa bondad del corazón, ese atender y ayudar al prójimo, al que tengo al lado, al que Dios me ha puesto en el camino.
Bonito es recordar esas preciosas obras de misericordia, de amor, de pleno amor patente al prójimo que hoy en día tan solo anidan en la memoria de algunos mayores a los que no se les escucha ni se les hace caso, o que simplemente han llegado a mantenerlas en un rincón recóndito de su mente o de su alma, porque hoy, en el mundo en el que vivimos, ni viste, ni se admiten reliquias ancestrales que no van a la velocidad del mundo en el que vivimos.
Pese a todo se me antoja recordar algunas de ellas, al menos las espirituales:

- Enseñar al que no sabe.
- Dar buen consejo al que lo necesita.
- Corregir al que yerra.
- Perdonar las injurias.
- Consolar al triste.
- Sufrir con paciencia los defectos del prójimo.
- Rogar a Dios por los vivos y difuntos.

Indudablemente, un buen catálogo para poder ir empezando a abrir boca en el amor, en la humildad, en el arrepentimiento. Y he aquí, que debemos volver a la primera, a enseñar al que no sabe, pues responsabilidad nuestra es la lejanía de nuestros jóvenes, y niños del camino, de Cristo, del camino de la Salvación, pues como sentía Don Bosco, los mayores, los educadores, los padres, tenemos la responsabilidad de enseñar a esas almas blancas que Dios nos ha entregado y confiado para ponerlas al menos en el inicio del camino, o al menos para decirles cuál es. Y claro está que el principio del camino es reconocernos pecadores, necesitados de Dios, necesitados de enderezar nuestras vidas, hacia el único camino del amor, y por lo tanto iniciar el camino desde el principio que nos marcaron los que nos enseñaron a nosotros, el camino correcto, San Juan Bautista, Jesús, Pedro y Pablo, el arrepentimiento.
Responsabilidad nuestra es enseñar a los nuestros eso que antes se enseñaba, el sentido de lo que está bien y lo que está mal, que poco a poco se ha ido diluyendo en la sociedad permisiva del todo vale, del nada es pecado porque todo es permisible. Aquí no existe la necesidad de arrepentimiento, y por lo tanto difícil se hace situarse a través de ese arrepentimiento en el inicio del camino.
Sin embargo, labor nuestra es no darnos por vencidos, y aunque seamos una débil voz en este mundo, que nos la intenta apagar, como sucedió antaño con los que nos precedieron, obligación nuestra es proclamar esa humildad que precede al arrepentimiento, y que posibilita un acercamiento a Dios, al camino recto, y a la verdad a través de eso que necesitamos recuperar en nuestra sociedad, el concepto del bien y el mal, en referencia al mandamiento supremo del amor verdadero, el de la Carta de San Pablo a los Corintios (Cor. 13, 1-13).
Así, en base a ese don del amor y de la misericordia divina, debemos aprender a arrepentirnos, como nos enseña la Santa Madre Iglesia, y como hoy desconocen nuestros niños y jóvenes, por falta de enseñanza y de práctica, animándoles a reconocer la bondad y la necesidad de encaminarse con frecuencia a la confesión, que les debemos enseñar, tanto en cuanto al enorme valor e imagen del amor divino, como en cuanto la forma de conducirse hacia ella, con examen de conciencia, dolor de los pecados y propósito de enmienda, para poder así, iniciar ese camino que nos anuncia la Salvación, ese que promulgó Don Bosco, el de enseñar y acercar a los jóvenes, a nuestros jóvenes, a los que Dios ha puesto en nuestras manos a la práctica frecuente de los Sacramentos, y cómo no, no puede ni debe ser de otra forma que con el ejemplo y la obra de hacernos nosotros humildes, juzgándonos a nosotros mismos, en vez de a los demás, empezando a amar plenamente al prójimo con nuestras obras, y aprendiendo a vivir según nos dice tantas veces Jesús, “vete en paz, y no peques más”.