ATENDER
Varias son las palabras ancladas, que hoy nos guían, atender, entender y conocer. Atender implica un ejercicio de voluntariedad, de disposición de querer, de buscar. Implícitamente conlleva la humildad necesaria para reconocer que no se está en posesión de la sabiduría, sino que muy al contrario, se está necesitado de ella, de prestar atención y atender a lo que nos enseñan otras personas o el mundo para poder escuchar, comprender e incluso entender. Humildad, y reconocimiento de un deseo de avance, de movimiento, de madurez, de progresión en el modelado del barro del que nos hizo Dios.

Cuando el Señor Dios hizo tierra y cielo, no había aún matorrales en la tierra, ni brotaba hierba en el campo, porque el Señor Dios no había enviado lluvia sobre la tierra, ni había hombre que cultivase el campo.
Sólo un manantial salta del suelo y regaba la superficie del campo.
Entonces el Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo. Gn. 2, 4b-9
Bello este pasaje que nos relata el principio de los tiempos, en el que nada había sobre la tierra, nada vivo antes que el hombre. Sólo había agua, eso sí, un manantial de agua, agua necesaria para la vida, agua que parece asemejarse a esa presencia ya palpable de Dios en lo creado, su impronta, su huella en la tierra, un manantial que salta del suelo y riega la superficie del campo, su imagen reflejada en el más límpido y cristalino líquido, como agua de vida que es su presencia y su Palabra. Claro indicio de que la vida del mundo necesita del agua, como la vida del Espíritu necesita del agua de vida que quita la sed definitiva y eternamente.
De nuevo nos encontramos en la Palabra, en este caso en el mismo Génesis, en el preludio, una clara explicación en parábolas, de la vida misma, de la vida del mundo como paralelo reflejo de la vida del Espíritu. Y así: "El que tenga oídos para oír que oiga". Como decía Jesús a sus discípulos que permanecían atentos a su enseñanza, así es toda la vida, parábolas. Y parábola es el hombre hecho de arcilla, de barro, hecho del mismo suelo, de lo más bajo, de la arcilla recogida del suelo, pero con lo más alto, modelada con agua. Barro endurecido es, como piedra, si no tiene agua, pero que con ella es capaz de adoptar las formas más inimaginablemente bellas, capaz de ser torneado y moldeado, formado y labrado con las más variopintas formas y aplicaciones, pudiendo desarrollar cada uno las tareas para las que fue creado, al moldearlo con agua y al darle vida con ese soplo de aliento que le confiere un alma, un espíritu, una capacidad para atender y entender, para escuchar y comprender.
Atender, aplicar voluntariamente el entendimiento, dice la Real Academia de la Lengua. Mucho es suponer, el poder manejar el entendimiento, pues es éste una potencia del alma, de cuya actividad, el hombre sólo dispone en función de lo que Dios disponga. Ni tan siquiera si tomamos la acepción de atender, concerniente a la razón, el hombre posee capacidad para dominarla, y he aquí la gran diferencia que encuentro entre estas palabras aparentemente tan similares, atender, y entender.
Atender, también significado de aguardar o de espera, bonita y bella sintonía, con el poner la voluntad y los sentidos a disposición de ese entendimiento cuya luz iluminadora nos viene dado, no conseguido por méritos del propio hombre.
Atender, actitud y requisito previo para entender, indicador de calma, de sosiego, de disposición, de abandono a y en aquello que puedan captar nuestros sentidos. Nuestros sentidos del cuerpo, del alma, que son los que deben permanecer atentos a aquello que desean en primer lugar percibir, y más adelante entender. Entender, esa palabra de uso cotidiano en el lenguaje y cada vez menos cotidiano en su verdadero y explícito significado, nada mundano ni superficial, sino profundo, interior, y no sólo en un concepto o acepción espiritual, sino en la misma que recoge la Real Academia, como verdadero significado de la palabra, entender, que define como, tener idea clara de las cosas, saber con perfección algo, conocer, penetrar.
Necesario es detenerse y atender a esta completísima y veraz definición un instante. Saber con perfección, conocer, penetrar... Al leer estos tres conceptos, el alma se inclina indefectiblemente a la Palabra, a intentar acercarse al verdadero contenido a través de la sabiduría. Saber con perfección, podríamos decir que nos conduce por un camino derecho, sin trabas ni desviaciones, pues el saber perfecto sólo lo posee la Sabiduría, el mismo Dios, pues sólo es fruto de ver cara a cara, no como en un espejo, como vemos en este mundo los que estamos inmersos en él. Sólo en manos de Dios está el verdadero conocimiento, el verdadero ser y sentir de todo lo creado, virtud que nos recuerda San Pedro (2Pe.1, 5-8), que no debemos dejar de trabajar para avanzar hacia ese entendimiento, hacia esa sabiduría.
Vosotros, poniendo toda diligencia, añadid a vuestra fe, virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.
Ocioso, podríamos decir que es la antítesis de atender, de estar en vela, aguardando, expectantes, diligentes. Lo que viene a confirmarnos de nuevo la necesidad de trabajar la atención como paso previo y primordial para avanzar en el entendimiento, en el conocimiento y en el acercamiento a ese saber con perfección. Atender, es simplemente vivir despierto, abrir los ojos, querer abrir los ojos, pues el atender no es pasaje seguro al entendimiento, ya que, como todo, no lo consigue el hombre por sus propios medios, sino que lo concede Dios, pero lo que sí es cierto, es que la disposición de atender, nos predispone para estar en disposición de entender, así nos dice el mismo Jesús, escuchad y entended, como si sólo y únicamente nos pidiera esa disposición de escucha atenta, de voluntariedad de atender para que el mismo brinde el entendimiento a través de sus palabras y de la apertura de los verdaderos sentidos.
En aquel tiempo, llamó. Jesús de nuevo a la gente y les dijo:
-«Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. El que tenga oídos para oír, que oiga.»
Oír, escuchar, gran diferencia, pero en estas palabras engarzadas, oír, antes de escuchar, empezar a atisbar esa sonoridad que parece decir algo... Ese ssshhh… ¡Calla…! ¿No oyes…? Así diría, alguien que cree comenzar a oír algún sonido no percibido hasta el momento. Shhh ¿No oyes? Y entonces, se agudiza el silencio, se incentiva la atención, y lo que a primeras parecía ser un simple ruido de fondo, comienza a desgranarse, a limpiarse, a hacerse cada vez más nítido y sonoro, pero hace falta silencio en lo interior y en derredor, hace falta atención e intención. «El que tenga oídos para oír, que oiga.» Así comienza a percibirse, casi sin darnos cuenta el hablar de Dios, ese susurro incomprensible cuyo sonido se clarifica y cuyo contenido se comienza poco a poco a entender, «Escuchad y entended todos» Todos. Escuchad y entended todos, sin excepción. Todos estamos y somos llamados, pero…
¡¡¡Cuesta tanto oír… Cuesta tanto escuchar…!!! porque… ¡¡¡Cuesta tanto atender!!!
¡¡¡Cuesta tanto escuchar en el silencio!!! ¡¡¡Cuesta tanto escuchar el silencio!!!
Pero cuesta mucho más hallar el verdadero silencio, pues a menudo confundimos el silencio de nuestro entorno con el silencio de nuestro interior. Y aun así, cuesta tanto escuchar la voz de Dios en el silencio, pues es voz de silencio puro, que a menudo desistimos de tan siquiera intentarlo, pues no atendemos, ni escuchamos para poder entender. Sumergidos en un universo de ruidos, pretendemos que el mismo Dios hecho hombre, ese enviado que no vino para gritar ni para levantar la voz por encima de todos esos ruidos que nos enturbian la vida, el alma y la mente, consiga ser oído en medio de nuestro mundanal aturdimiento. Así leemos en el profeta Isaías:
“Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. Yo he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones. Él no gritará, no levantará la voz ni la hará resonar por las calles.” Is. 42, 1-2
Él no grita, no obliga, sólo avisa, sólo alerta, sólo ofrece. Ese servidor, sólo se entrega. Y nosotros, mientras tanto, inmersos en esa bacanal de griterío insaciable, de vida en clave de velocidad cada vez más vertiginosa, que hace del aire calmo que nos rodea un vendaval de silbido insoportable, que aniquila poco a poco el oído más fino, ni atendemos, ni entendemos.
A nuestro alrededor, el aire puede estar en calma, puede estar en paz, si conseguimos irradiarla desde nuestro interior, pausarnos, detenernos, estar atentos, queriendo decir… shhhh… entonces, en esa pausa de escucha atenta, comenzaremos a oír y hasta escucharemos el silencio del silencio, la pausa del silencio, es decir, empezaremos a escuchar a Dios. Empezaremos a oír en el silencio la clara voz de quien en el silencio habla, sin gritar, sin alzar la voz, como de forma tan bella, nos relatan estos preciosos versos de José Mª Fernández Nieto:

Callado estás, Señor, como una herida,
silencioso como una madrugada;
no dices nada en el Sagrario, nada,
que ya lo has dicho todo con tu vida.

Vive, Señor, tu voz enmudecida,
sordomuda de amor, encarcelada
y cuanto más humilde y más callada
más nos alienta para ser oída.

Que es tu silencio el que me está diciendo
que estás tan encerrado para amarme,
para que yo te llame y Tú me abras.

Porque si con mi fe te estoy oyendo
y todo me lo dices sin hablarme,
¿para qué necesito tus palabras?

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Silencio del silencio, voz de las alturas, sonoro en lo profundo, silencioso en los tumultos, humilde hasta en la voz, desapercibido para la muchedumbre, personal para cada criatura, especial en un único mensaje, respetuoso con el necio hombre, misericordioso a su primer gesto, clamor en el profundo abismo del silencio, fulgor en la oscuridad del cerrar los ojos para aislarse, llamarada sonora en el vacío, que todo lo llena de paz y de gozo anhelante. Estemos atentos, escuchemos y entendamos.

Charo Ferreira
Febrero 2015