AUTORIDAD
Hoy la palabra que nos dirige puede hasta escandalizar a alguien pues es una palabra, que causa en ciertos ámbitos, verdadero terror. La palabra a la que me refiero, no es otra que autoridad. Autoridad es la palabra que hoy nos guía, y así es, porque la autoridad es auténticamente una guía, una guía que no aparece anclada al mundo, a lo terrenal, a lo externo, sino anclada, en su puro significado, claro está, a lo más interior del ser humano, a lo más profundo, autoridad, no en el concepto mundano, que sería mera imposición.
Autoridad es otra cosa muy, muy distinta, tan distinta que es prácticamente desconocida para el mundo. Autoridad, es un compendio de virtudes que emanan de la verdad, es un edificio construido sobre cimiento sólido, sobre raíces bien asentadas, es una robusta construcción con el sustento y soporte de la verdad, que se erige con rectitud, con adornos en todas sus fachadas exteriores de virtudes, se erige en la altura y rectitud y a la vez con humildad, con paciencia, con sabiduría, con templanza, con amor. Esa es la verdadera autoridad, esa que no se compra ni se vende, esa que no se adquiere como contraprestación o como negocio de poder o de influencia, sino todo lo contrario. Es ese robusto edificio que hace sombra a todos aquellos que pretenden sobrepasarlo, no por imposición o soberbia, sino justamente por lo contrario, porque el peso de la soberbia, de los bienes y riquezas es tanto que el efecto que hace en esos edificios es, el llevarles a hundirse en lo profundo, tanto lastre en terreno mal asentado, se hunde, se hunde cada vez más en las miserias del mundo, en el lodo y el barrizal de la corrupción, de la falsedad y de la mentira. Así, el sólido edificio, el que se construye en la humildad, cada vez se hace más alto, más y más alto, más erguido, más bello, y curiosamente viene a ser, hasta admirado por los que lo odian.
Pues así mismo es la autoridad, que se alza en la ligereza de equipaje del dar, de no guardar la sabiduría para uno mismo, sino que la comparte a manos llenas. Poco lastre tiene, cuando crece a medida que da y que comparte, alzándose recto y erguido por aproximarse a la divinidad. Autoridad es respeto, es coherencia, es sabiduría. Autoridad es atracción para los buenos y repulsión para los malvados. Así mismo lo muestra el Evangelio:

“En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad”

Así es como enseñaba Jesús, con autoridad, y no precisamente por imposición, manipulación o rebelión, sino todo lo contrario, como leemos en el profeta Isaías:

“Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará.
Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas”. Is.42, 1-4

Autoridad, la autoridad es un signo que se irradia cuando se comunica la Verdad. Y por tanto, nadie con más autoridad para comunicarla, que la propia Verdad, el propio Verbo hecho carne. Y así, no hacen falta ni son necesarios edictos, ni gritos, ni publicidad, ni manipulación, ni poder, ni títulos, ni renombres, ni dines, ni dones, nada de ello es necesario, pues ¿no es ese que hablaba el hijo del carpintero? Pues sí, en efecto, no es escriba, no es letrado, no tiene rango ni título en este mundo porque no lo necesita, porque su reino no es de este mundo, pero sin embargo, sí que llega y arraiga en las personas que desean escucharlo, aquellas que reciben su palabra, con esa inherente autoridad, sabiendo lo que dice y cómo lo dice, porque Él es la sabiduría, en Él reside la sabiduría, y lo contemplan los de un signo y los del otro. Los de uno, le admiran, le alaban, le creen, le siguen, como esos pescadores que a una simple interpelación de, “déjalo todo y sígueme”, no se plantean otra posible alternativa. Y también lo contemplan y admiran pero esta vez, llenos de odio y envidia, y por ello pretenden exterminarle a Él y a los suyos, como vemos por doquier hoy en el mundo, los de otro signo, que se rebelan, se carcomen por dentro, se llenan de ira, gritan y vocean, como bien nos muestra el fragmento de Evangelio leído anteriormente que sigue así:

Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar:
-« ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»

Es una reacción muy curiosa la de estos dos tipos de personas, las de un signo, y las del otro. Y es tan perfectamente extrapolable la enseñanza obtenida a nuestro mundo, que parece se estuviera viviendo en este mismo instante, o en cualquiera de las épocas pasadas, pues de nuevo confirmamos la eterna actualidad de la Palabra, ayer, hoy y siempre. Este es el vivo ejemplo de hoy día, de las vivencias que acumulamos en nuestro vivir cotidiano a pequeñas, medias y largas distancias.
Por desgracia la autoridad, no es algo usual hoy en día, sino todo lo contrario. De nuevo encontramos una palabra demodé, una palabra arcaica, una palabra relegada al baúl de los recuerdos, una palabra insultada, manoseada y vilipendiada, pretendida atribuir a aquellos que, a falta de autoridad, utilizan la imposición. Sin embargo y a pesar de todo es una palabra que se tiende a exterminar por haberla situado en oposición a palabras en boga y en pleno auge demagógico, como democracia, tolerancia, libertad… en fin, palabras que no solo no tienen nada que ver con autoridad, sino que en su uso defectuoso intentan echar leña y fuego sobre ella, ahora bien, sin conseguirlo en muchas ocasiones, pero sí en otras, sucumbiendo aquellos, por desgracia no pocos, que permanecen aletargados en la sociedad del mal llamado bien-estar. De ese bien-estar externo, que provoca en tantas y tantas ocasiones ese mal-estar interno.
De nuevo, me veo denunciando los usos del poder y de los manipuladores sociales que tratan de ocultar la verdad, que manipulan el lenguaje hasta puntos y extremos insospechados, de los que por desgracia muchos de los afectados no son conscientes.
Sin embargo, ésta no es la única causa de la práctica desaparición o de lo mal visto de esta palabra, sino que la razón profunda de que la autoridad esté desapareciendo es su propia naturaleza, el ser la verdad, el hecho ineludible de estar profunda e íntimamente ligada a la verdad, a la coherencia, y tantos y tantos valores necesarios para levantar ese edificio descrito al inicio. Este es el verdadero problema, la verdadera razón de la falta de autoridad hoy en día, porque la autoridad es algo que no se gana con puestos o con riquezas o poderes, es algo innegociable, puesto es algo que sale de lo más profundo de la persona, como proyección de esa infalibilidad de la verdad, de la coherencia, de predicar con el ejemplo.
Así nos encontramos a muchos que intentan ganarse adeptos, con métodos mundanos, gritando o voceando por las calles, pero éste no es el método que aplica la autoridad. Sana autoridad que se ha querido y se quiere desterrar, incluso con leyes y con manipulación, agrediendo a la persona desde el más sagrado pilar de la estructura social, desde la familia. Se ha querido legislar y se ha legislado para limitar e incluso para eliminar la autoridad de todos los encargados de la educación de los niños, de los jóvenes y adolescentes, minando legislativamente la autoridad de padres y de profesores, promoviendo por tanto, un alejamiento de la formación en la paz y en la sabiduría, y un peligroso acercamiento a la deformación y a la rebeldía de las nuevas generaciones.
La autoridad de los padres sobre los hijos, es imprescindible para su formación y su guía hacia la madurez, y es tal autoridad, siempre que esté basada en la verdad, en las obras, en la total integridad, en el ejemplo, en la coherencia de vida.
Ni que decir tiene, que no nos encontramos en una primera fase del problema, sino por desgracia, bastante más avanzados, ya que se hace difícil en la sociedad de hoy en día, que muchos padres, puedan tener, leyes aparte, autoridad alguna, cuando no la tienen ni tan siquiera, consigo mismos, como consecuencia de su gran incoherencia de vida.
Lo mismo ocurre con las jerarquías en los puestos de mando, en los gobiernos y en los trabajos. La autoridad no se impone, nace, y nace sólo de la verdad y de la coherencia, de una línea recta trazada con claridad y sin fisuras, sin vaivenes y sin golpes de viento al son del sol que más calienta. Podríamos sin errar mucho, decir que la autoridad guarda una relación muy, muy estrecha, con el respeto, luego nada malo puede ser, ¿o sí? Parece ser que para muchos lo es, mala la una y mala la otra, pues desean manejar el mundo a su antojo y conveniencia, y la verdad, hace daño, a estas personas les hace tanto daño, que de forma habitual, pierden los papeles y los estribos, se inundan de odio y de ira, como reacción consecuente a no poder luchar contra la verdad, contra la autoridad, que de forma espontánea e irremisible nace de la infalibilidad de quien profesa la verdadera verdad. Ayer, hoy y siempre, así ocurrió incluso hace dos mil años, como hemos visto en el pasaje comentado anteriormente en el que los endemoniados le gritan a Jesús, y le gritan diciéndole: ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»
Ahora más que nunca, en este mundo que se aleja a marcha galopante y sin volver la vista atrás, de la verdadera y única Verdad, la de ayer, hoy y siempre, y que se adentra de forma peligrosa y cada vez más absorbente en el relativismo, que ha sepultado la verdad en el concepto del “todo vale”, se impone un clamor silencioso que pregone la Verdad, que salve a nuestros niños y jóvenes de la privación de conocer y acercarse a la verdadera y única Verdad, a reconocer por su formación la verdadera, sana y amorosa autoridad. Seamos en medio de este tumulto, como Jonás atravesando la ciudad de Nínive, y proclamando en nuestro ambiente, con los que nos rodean, la necesidad de cambio urgente de nuestra sociedad, para volver a descubrir la verdad en las obras de nuestras vidas, siendo fieles testigos de la única y libre autoridad que es la que proclama la Verdad.

Charo Ferreira
Enero 2015