AYUNO

Hoy es día de ayuno. Sí hoy es la palabra que nos guía. Otra de las palabras arcaicas, pasadas, olvidadas, restringidas a un grupo muy minoritario que lleva a cabo con esta práctica, algo que es a menudo criticado, mofado y ridiculizado por la mayor parte de la población.
Ayuno, ayunar. Entendemos como tal privación generalmente de alimento con el fin de realizar un ofrecimiento a Dios o fortalecerse física y espiritualmente mediante la práctica de la renuncia y el sacrificio. En resumen, la palabra ayuno, liga y ancla fuertemente el mundo interior con el exterior, el mundo exterior con el mundo del espíritu.
Y es aquí cuando nos planteamos la lógica consecuencia de que en el mundo actual, esta palabra esté prácticamente fuera de uso y lugar. Varios motivos son los que me vienen al pensamiento. En primer lugar en un mundo hedonista donde prima la sociedad del bien-estar, en el aspecto físico y externo, es difícil pensar en una práctica que ataca frontalmente el placer, que incluso lo agrede y lo minimiza huyendo de él, como del propio demonio. Por otra parte, aunque bien ligado a esta causa anterior, en un mundo en el que no hay una espiritualidad que mueva y conmueva a generar los beneficios del ayuno, no tiene sentido practicarlo. Sin embargo sí resulta cuando menos curioso, que en la cacareada sociedad que proclama a voces el respeto, esta práctica sea criticada, malentendida y por parte de creyentes olvidada o mal usada.
Para aprender del ayuno, de esa privación, de su significado, causa y efectos, nada mejor que recurrir a aquellos que son guía para nosotros, como por ejemplo, el Papa emérito Benedicto XVI, que dice así:
Saber practicar periódicamente el ayuno es atestiguar que la vida eterna nos espera; más aun, que ya está entre nosotros. Hoy más que nunca, la penitencia, mortificación es necesaria para expiar por nuestros pecados y reparar por los del mundo entero".
AYUNO Y PUREZA CORPORAL (Cardenal Ratzinger)

Nuestro Santo Padre emérito, dice aquí cosas preciosas y muy importantes, para todo cristiano. Claro está, que también se nos dijo: “El que tenga oídos para oír que oiga”, así que evidentemente el efecto no tiene porqué ser el mismo para todo el que lo lea. Nos indica en las primeras líneas, algo bellísimo, tanto como extenso contenido parece encontrarse inmerso en tan breve cita. “Saber practicar el ayuno” Saber. Todo dicho. No es algo sabido, sino algo que se aprende, algo nada sencillo, sino algo complejo. Ya complejo era en tiempos de Jesús, cuando parecía no estar bien entendido el concepto de ayuno, pues el mismo Maestro así nos lo indica en esta cita:
En aquel tiempo, los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno. Vinieron unos y le preguntaron a Jesús:
-«Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?»
Jesús les contestó:
-«¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos, no pueden ayunar.
Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día sí que ayunarán.
Nadie le echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto, lo nuevo de lo viejo, y deja un roto peor.
Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos. »

Las palabras de Jesús, parecen ser una crítica directa al no saber ayunar de algunos, y remite en explicación del modo de ayuno a la lógica y a la coherencia, a dos ejemplos claros de actuar conforme a lógica, al referirse al ayuno como una forma de conseguir una meta, algo que debe hacerse por un porqué, no por un, porque sí, porque sea una simple norma ausente de cohesión con el fondo espiritual de la persona. En estado de alegría, de celebración, de presencia del novio, no es coherente el ayuno, lo que nos hace ver que, o bien no se comprendía por los fariseos el concepto del ayuno, o bien que no reconocían la presencia del novio, y por tanto la incoherencia de la práctica del ayuno en aquél momento. De nuevo se nos muestra Cristo, dándole vida a la Ley, no derogándola, sino dándole plenitud, la plenitud de la unidad del hombre, en cuerpo y alma, como un único ser. El cristiano, con múltiples causas y motivos para celebrar, debe estar siempre, alegre, incluso cuando hace ayuno ha de hacerlo alegre, y cuidar en extremo, más si cabe que sin él, su aspecto externo, no parecer desaliñado ni abandonado, sino limpio y aseado, cuidado y pulcro, como si ese fuera un estado que a la par que eleva el alma, lo hiciera, pues así debe ser, también el cuerpo, el aspecto externo, hacer que la cara sea el reflejo de un alma limpia y sana.
Estando el novio, no se ha de ayunar. Bien nos enseñó Jesús en el inicio de su vida pública, de la mano de la voluntad divina, llevada por boca de su y nuestra Madre María, que los motivos de celebración deben ser tales, proyectando el regocijo interior, en una sana, sobria pero completa y total celebración hacia el exterior, haciendo de esa agua el mejor vino, pues así lo merecía la celebración de la boda de Caná. No hay motivos para estar triste, sino siempre alegre. El gran problema reside tal vez en darle a la palabra alegre, su pleno significado, un significado nacido del profundo interior, de una inmensa paz y descanso en el saber del obrar bien hecho, en el ser capaz de superar las tentaciones que se nos presentan en el camino. Y así es como aprendemos de manos del Maestro, la necesidad de ayunar, de ayunar con el apoyo espiritual de la oración, de la reflexión, de la interioridad, de ese hacer fuerte el alma haciendo fuerte el cuerpo mediante esa privación, mediante ese sacrificio. Así pues nos enseña el Maestro, el mismo Dios hecho hombre, que Él mismo juzgo necesario como hombre, ayunar, enseñarnos el cuándo y el porqué, y así lo hizo. Y lo hizo, ni más ni menos que con un austero y ejemplar ayuno, de cuarenta días retirado en el desierto. Un ayuno de preparación y fortaleza para la misión que se le había encomendado, ayuno que brinda a su parte humana, como ejemplo para la nuestra, la capacidad de negar, la capacidad de soportar, la capacidad de decir NO a las tentaciones del demonio. Sólo un alma entrenada desde fuera, en unión con el interior, en esa unidad y fortaleza, es capaz de renunciar a las tentaciones que del mundo vienen, pues en el mundo y del mundo es de donde proceden, anular las tentaciones que nos hacen débiles que nos apartan del camino que nos lleva a Dios.
Y vuelvo ahora a esas palabras del Cardenal Ratzinger:
Saber practicar periódicamente el ayuno es atestiguar que la vida eterna nos espera; más aún, que ya está entre nosotros. Hoy más que nunca, la penitencia, la mortificación es necesaria para expiar por nuestros pecados y reparar por los del mundo entero".
AYUNO Y PUREZA CORPORAL (Cardenal Ratzinger)
Una vez aprendido a ayunar, que es una obligación en la que todos debemos sumergirnos e intentar conocer de los sabios y próximos a Cristo, su práctica y fundamento, es necesario recalar en ese certeza, de que de ese modo, damos fe, somos capaces de demostrar, de atestiguar, que no sólo creemos en la esperanza de la vida eterna, sino que ya la podemos paladear ya entre nosotros, aquí, ahora, ya, podemos saborear en el ayuno, la presencia de la grandeza de la vida eterna. Bonito menú de ayuno, saborear la eternidad.
Un ayuno bien hecho, un ayuno con fe, no duele, hace crecer. Es una situación similar a la alegría de ser capaces de realizar algo que creíamos difícil de superar, es como escalar una montaña, es como trepar a lo más alto, es poder divisar la plenitud desde lo alto, sin mella del sudor o del esfuerzo que realizamos en el camino.
Es pues demostración fehaciente, de que el hombre del mundo puede morir, puede ser inerte y permanecer impasible frente a las tentaciones y ostentaciones del mundo, a medida que en esa trayectoria, va naciendo a la verdadera vida, a la que realmente da regocijo. A la vida eterna, y así poder decir junto con San Pablo: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”

Charo Ferreira
Enero 2015