CADUCO

Caduco es hoy la palabra que nos guía, palabra unida de forma inequívoca a la temporalidad, al paso del tiempo, a la evolución. Venimos al mundo, pasando de ser una unidad con la eternidad, a ser una unidad indivisible, o tal vez sí… con la temporalidad, con el paso del tiempo, con el desarrollo, con el envejecimiento, o tal vez con el renacimiento.
Justamente en eso consiste la cuenta atrás con la que el hombre, el único ser vivo de la tierra se halla engalanado y enjoyado, cubierto de dones y virtudes, con esa posibilidad de hacer de esa cuenta atrás, un avance hacia la recuperación de esa vida eterna, de esa escisión de nuestra vida personal de la temporalidad, para integrarnos de nuevo en esa divinidad, atemporal que se liga en unión perfecta a lo eterno, a lo perfecto, a lo divino.
Y Jesús, nos hablaba en parábolas, y tanto que sí, aunque no pocas veces nosotros necios, le increpábamos en voces de sus discípulos diciendo que no le entendíamos, que fuera más claro, que nos hablara directamente… Cuán necios e ignorantes somos, que no somos capaces de ver, en todo lo que nos rodea nuestra vida misma, que es precisamente eso, un claro ejemplo, una parábola de nuestra vida. Así de claro es, y así de claro se nos cuenta, aunque muchas veces nos cueste, o tal vez no queramos o seamos capaces, por nuestro engreimiento y soberbia, de descender a poder pensar que nuestra vida es como la de las flores del campo, como nos dice Dios a través del profeta Isaías.

«Toda carne es hierba y su belleza como flor campestre: se agosta la hierba, se marchita la flor, cuando el aliento del Señor sopla sobre ellos; se agosta la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece por siempre.»

Belleza incomparable la de estas palabras. Belleza que nos remite claramente al conocido e inevitable paso del tiempo, a esa lucha permanente de generación tras generación, por querer hacer de dioses, por revelarse ante esa indisoluble unión de la carne y la hierba, al tiempo. Ansia del hombre de suplantar y dominar a Dios, de rebelarse contra Él y contra esa inevitable caducidad del ser del mundo, queriendo engañarnos con cirugías, medicamentos, o curas milagrosas, que detienen o enmascaran el envejecimiento, el inevitable camino hacia el marchitar de la flor, tras haber tenido su plena lozanía, sus colores y sus olores, su belleza para compartirla y alegrar el mundo que le rodea, entregarse plenamente y ponerse al servicio de esos insectos, que cumplen laboriosamente con su trabajo de polinización y siguen embelleciendo el mundo y la naturaleza, que muchas veces el hombre maltrata y destruye.
Así mismo nos ocurre a nosotros. Nacemos siendo caducos, y esa es la belleza de nuestro ser. El llegar a ser en cada momento flor bella, no por ser flor, sino por ser el estadío bello de cada momento de su vida, de nuestra vida. Así es y debe ser, para aprovechar la vida, para que cuando Dios sople su aliento sobre nosotros, al igual que lo hace sobre las flores y las hierbas del campo, estemos en vela, preparados y dispuestos para adquirir esa unión con la eternidad. Así es, porque cada momento de vida tiene su belleza, esa que la sociedad desea restringir única y exclusivamente a la lozanía, a la juventud, y en la que se obsesiona por hacerla perdurable, e inmutable, sin éxito alguno, pues ni un pelo de su cabeza pueden tan siquiera cambiar de color.
Belleza tiene la semilla que rompe los tegumentos, y comienza vital a brotar, belleza tienen los tímidos cotiledones y hojitas que débiles y endebles nacen a la vida, belleza es la del tallo que erguido comienza a alzarse hacia el cielo, belleza es la del brote que asoma por el tallo, anunciando la vida, belleza es la de la flor que se esboza en cerrado tesoro antes de amanecer, belleza la explosión de colorido en la que se comienza a abrir la flor en su madurez, belleza la del marchitar de los pétalos que dejan paso y ceden el relevo al valioso fruto en su interior, belleza la de la semilla que cae en buen terreno y comienza el ciclo de la germinación.
Belleza tiene el amor que engendra un nuevo ser, belleza tiene la noticia de la venida de un nuevo ser al mundo para compartir amor, belleza tienen las ecografías que muestran que un nuevo ser portador de amor va creciendo sin saber muy bien cómo ni por qué, sin que el hombre haga nada especial, bello es.
Belleza es la del momento en que ese nuevo ser tan ansiado avisa de su especial llegada al mundo, belleza es la de ese llanto que rompe a la cuenta atrás de la vida, belleza es la de esa suavidad y sonrisa del recién nacido, belleza es la de los primeros pasos inestables de la vida, belleza es la de los primeros juegos del niño con sus iguales, belleza es la del universitario que elige su trayectoria en la vida, belleza es la de esos enamorados que ponen su esperanza en una vida compartida, belleza es la de los padres que educan y guían a su descendencia por el camino recto y correcto, belleza es la de los padres que celebran los éxitos de sus hijos, belleza es la de los padres hechos abuelos, belleza es la de las arrugas en la cara que muestran la sabiduría adquirida y el camino recorrido, belleza es la de los abrazos y muestras de cariño entre la familia tengan la edad que tengan, belleza es la del matrimonio anciano que comparten su amor alegre gratificados por el camino recorrido, lo aprendido y lo compartido, belleza es la ternura del amor de un abuelo y un nieto, belleza es el testigo que portan los descendientes en el recuerdo y en sus obras de aquellos mayores que les guiaron antes de abandonar este mundo, belleza es toda huella y rincón de la vida, cuando es vivida para ser cobijo y refugio de la Palabra de Dios en nuestro interior y en nuestras vidas, pues, hay algo que no es caduco, “se agosta la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece por siempre.»