CANSANCIO

Hoy es la palabra cansancio la que inevitablemente nos guía. Cansancio es una sensación bien conocida por todos, aunque con concepciones varias y variadas que comparten el denominador común de la falta de fuerzas, del agotamiento, de la incapacidad de proseguir, de continuar una tarea o de realizarla con las facultades que se podría desarrollar si el cansancio no hiciera mella.
El cansancio se asemeja bastante bien a ese agotamiento, como si el depósito de combustible estuviera bajo mínimos, como si la llama de ese fuego se apagara, como si los rescoldos fueran perdiendo la potencia y el calor que tenían cuando eran llama, como si esa vida lozana se extinguiera, como esa respiración que poco a poco se va pausando, pareciera llegar a desaparecer. Esa es la sensación de agotamiento, de cansancio en extrema medida.
La pregunta es de forma inevitable, ¿cuál es el combustible? ¿De dónde proviene ese combustible para eludir el cansancio y el agotamiento?
Fácilmente distinguimos dos ámbitos, el del cansancio físico y el del mental y espiritual. Aunque no sean totalmente coincidentes, aun siendo estos ámbitos aparentemente incluso contrarios, también están conectados. Tienen a pesar de todo un factor interno, una fuerza interior que es el motor de los actos externos, sean los que fueren, tanto de los que requieren un mayor esfuerzo físico como de los de otro tipo.
Todos estos cansancios tienen en cierto modo en común un único denominador, un denominador común, la falta de fe, la falta de gasolina, la falta del motor que mueve lo que se tenga que mover, tanto si es el físico por llegar a una meta, como si es el moral por defender una postura, como si es el mental por finalizar una tarea compleja.
La fe, la esperanza, el creerse profundamente, desde el interior más interno e intenso, que esa labor es posible, que es alcanzable, es el motor que lo mueve todo. Sin embargo, no son creencias o esperanzas banales o ficticias, las que provocan esa milagrosa acción de poder afrontar las tareas. No son livianas ni pasajeras esas fuerzas, que provocan un poder increíble. Poder, un “poder”, un no poder decir que no se puede, porque todo se torna fácilmente posible, cuando a quien miramos, cuando en quien confiamos y esperamos es quien todo lo puede. Es fácil pensar que esto es una demagogia barata de esa que abunda en todas partes, y por ello no es intento de convencer, sino de manifestar asombrada los efectos de esta confianza, de este abandono en la voluntad de Dios. Cuando uno confía, cuando uno no se plantea hacer sus pretensiones, sino sólo ir haciendo el día a día, en las tareas y extensiones que Dios disponga, que no son precisamente pocas, uno se descubre, con un tono distinto, con una alegría y una fuerza interna, que al pararse un momento, desvela el milagro. Así ocurre cuando esta mañana nos preguntan a un grupo, ¿estáis cansados? Yo me quedo por un momento paralizada, al observarme y analizarme, sintiendo la enorme energía, y alegría que me invade, cuando por las tareas de todo tipo y por ajetreo variopinto y diverso, debería estar realmente agotada, en vez de alegre, feliz, y con intenso e inmenso ánimo de ponerme a la tarea que corresponda, a la de hoy, la de mañana Dios dirá. Entonces, me descubro asombrada, atónita, y buscando una explicación a este fenómeno tan extraño, me acuerdo de aquellas palabras que dejan constancia actual de su realidad:
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.» Mt. 11, 28-30

Entonces inevitablemente me pregunto, ¿será que estoy siendo tan sumamente afortunada que estaré recibiendo ese alivio y descanso? Lo que sí está claro es el cómo llegar hasta allí, a esa sensación de alivio, de sosiego, de calma, de paz, de ausencia de agobio. El quid de la cuestión es aprender a ser manso y humilde de corazón. Y para ello, antes hemos de pedir la luz necesaria para poder interpretar estas aparentemente sencillas palabras, manso, y humilde de corazón, que a mi leve entender, mucho me parece que deben estar plenamente relacionadas con aceptar la voluntad de Dios, con ser manso, apacible, con no rebelarnos contra aquello que nos va sucediendo en la vida, y que aquí les venimos a llamar “contratiempos”, aprendiéndolos a ver de otra manera, no como contratiempos, sino como diseño del camino por Alguien que lo ve claro desde arriba, y no confuso, como nosotros desde abajo.
Así el profeta Isaías, también nos indica de dónde emana la fuerza del mundo, de su raíz, del único lugar donde está y donde se genera, de Dios.

El Señor es un Dios eterno y creó los confines del orbe. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia.
Él da fuerza al cansado, acrecienta el vigor del inválido; se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse. Is. 40, 28-31

Mansos y también humildes, pues humildad es la condición aparejada a esa mansedumbre, reconociéndonos ignorantes, e imperfectos, reconociendo que no sabemos lo que nos conviene, aceptando la voluntad de Dios así en la Tierra como en el Cielo.
De este modo y sólo de este modo, encontraremos esa en realidad, la fuerza del descanso sobrehumano, pues es simplemente divino, concedido por Dios, ese alivio que hace que la carga sea ligera y el yugo llevadero, tanto, como si no nos diéramos cuenta, echando alas como águilas, corriendo sin cansarnos y marchando sin fatiga. Así es la fuerza de Dios.