COMPASIÓN


Compasión. Bonita palabra muy devaluada, denigrada, olvidada. Pues hoy lo que se lleva es ser hombre duro, todoterreno, inmutable, robusto, podríamos decir y no erraríamos mucho, que hoy lo que se lleva es el hombre, todopoderoso. Así es, desgraciadamente. No se lleva por demodé, como tantas y tantas cosas, que se arrinconan por este motivo, la ternura, la sensibilidad, la ocupación por el otro, el llanto y la alegría compartida, los mimos, los gestos, las emociones sencillas y sosegadas… Nada de esto se lleva, es más, la mayoría se ríe de este tipo de gestos, de la gente que tiene bondad y ternura en su corazón, pues son reflejo de la debilidad, contra la que se lucha en este mundo, pues el que es débil se desdeña, se arrincona, se ridiculiza y aparta, cual si de la peste se tratara, pues no viste en un mundo tan snob, en el que la principal preocupación es más tener y un ser aparente, de muchos títulos, diplomas, y reconocimientos externos, que el merecimiento, el ser, el contenido del interior del alma, sino más bien, el de la mente o el de las relaciones que nos pueden ayudar a alcanzar el éxito, el poder o la fama, los nuevos grandes dioses que acaparan las oraciones de tantos y tantos adeptos con corazón de piedra.
Compasión. Compasión es ponerse en el lugar del otro con pasión, sintiendo lo mismo que él, introduciéndose en su propio cuerpo y sentimientos, siendo uno sólo en sus necesidades y pensamientos, es decir, simplemente amando, haciendo eso que tantas veces vimos a Jesús hacer, compadecerse, siempre amar, y siempre recordarnos esa unidad de todos en Él,
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece unido a mí y yo en él, da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada.” Jn, 15, 5.
“Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo” 1Cor.12, 12
Tarea entiendo nada fácil, sobre todo porque no se lleva ponerse en la piel del necesitado, del que pasa hambre, o del que está enfermo de ébola, del que es agredido por los compañeros o que es el hazmerreir en la clase por su físico, su forma de hablar o de vestir, o simplemente por no tener el último modelo de móvil o de zapatillas, por tantos y tantos motivos que lo que hacen es contagiar a nuestros pequeños de ese ser que inculcamos por vivencia todopoderosa los mayores, de tener el puesto más importante, viajar mucho, mandar a muchos, tener fama, éxito o poder, o… tantas y tantas trivialidades a las que le damos la importancia de poner la vida en ello, y como añadido, el ridiculizar a todos aquellos que se encuentran por debajo de nosotros. Con estos antecedentes en boga en la sociedad, no es nada fácil educar a nuestros hijos, nietos y alumnos en que lo bueno, lo que hay que buscar y por lo que hay que luchar, es justo por lo contrario a todo esto. Hay que luchar no por tener más que el otro, sino por compartir lo que tengo con los demás. No he de mirar por encima del hombro, sino cara a cara, a los ojos, con plena verdad y humildad. No hay que hacer oídos sordos, sino agudizar la audición, hacer un completo silencio en el ajetreo de nuestra vida para escuchar al que nos necesita desde el susurro del corazón. No centrar nuestra mirada en el resplandor o en el esplendor de las divas, los ricos y famosos, sino en las noticias que hablan de los sufrimientos de los demás en el mundo, cerca o lejos nuestro, sensibilizarnos, leerlo pensando que nos están llamando, pidiendo auxilio, y actuar en consecuencia, como podamos desde donde estemos. No envanecernos por asistir a las fiestas más glamurosas y por vivir en el permanente bullicio, sino mejor buscar al que está sólo sin quererlo, aislado, triste y abandonado para compartir su vida y darle la alegría que a nosotros se nos multiplicará al realizar tareas de este tipo.
Nada fácil, desde luego, tarea contracorriente, pero nada nuevo, eso de ir contracorriente para el cristiano, pues en numerosas ocasiones hemos estado advertidos, de que el mundo tiene otros intereses que no son los que nos encaminan hacia el amor, hacia la paz, hacia la vida y la luz. Así, lo que fácilmente encontraremos por desgracia es oposición, cruces, cansancio, nada nuevo, todo avisado y conocido, pues si le pasó al Señor, ¿no le pasará al siervo?
Y sin embargo lo que se nos pide, en esa compasión es simplemente ser sensible, simplemente, actuar con pasión en el amor, compasivamente, compartiendo para multiplicar, como lo hizo Cristo con el ciego que le gritaba, incesantemente:
-«¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!»
Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: -«¡Hijo de David, ten compasión de mi!»
Así somos nosotros. Bonito ejemplo de nuestra sociedad… ¡que se calle ese ciego que nos inoportuna y nos molesta! ¿Es que acaso no se da cuenta de que está molestando a Jesús, a ese ídolo importante que queremos para nosotros, los privilegiados…? Que se calle ese mendigo que suplica… que nos deje tranquilos…
Tal vez algo grotesca la simulación, pero mucho me temo que nada lejana a la realidad. Entonces, es cuando Jesús, corrige en el silencio, en el no escuchar a los que no atienden al necesitado, y centrando su atención en quien la requiere, en el ciego que le llama.
“Jesús se paró y mandó que se lo trajeran.
Cuando estuvo cerca, le preguntó: -«¿Qué quieres que haga por ti?»”
Qué quieres que haga por ti, en qué puedo ser útil, cómo te puedo ayudar… dime y te ayudaré, haré lo que me pidas… Cuando uno se acerca con esta fe a cualquier necesitado, Dios pone las herramientas para que entre nosotros, hijos de Dios hechos a su imagen y semejanza nos ayudemos, sin ningún tipo de límite, pero sólo con un condicionante, con el que aparece en todas y en cada una de las sanaciones y salvaciones del Evangelio, “tener FE”. Esa que no se compra ni se vende, que no se consigue con milagros, sino con sentimiento y esperanza, con credulidad en que para Dios no hay nada imposible, y que nosotros somos herramientas en sus manos, como dan testimonio, todos esos santos, de fe mayor que un grano de mostaza, a los que se les reconoce esa capacidad que tuvo Cristo de hacer, lo que en este mundo llamamos “milagros”, como devolver al ciego la vista.
Sin embargo, a nosotros, pecadores, Dios no nos pide hacer milagros, sino algo mucho más sencillo, por ser el inicio del recorrido, ser compasivos con nuestros hermanos, y amar, amar dando, amar ofreciendo, pues como se nos dice en la parábola de los talentos, si no hemos sido fieles en lo poco, no podremos serlo en lo mucho, pues tan sólo el que se hace merecedor del calificativo de ser fiel en lo poco, de simplemente, poner al servicio de los demás las herramientas que Dios nos ha dado, sólo el que es fiel en lo poco, podrá ser merecedor de lo mucho, de poder entrar al banquete del Reino de los Cielos.
Luchemos cada día desde el inmenso amor a Dios que debemos transmitir al prójimo, por tener un corazón de carne, y no un corazón de piedra.