COMPLACER
A menudo me quedo absorta, embobada, admirada de la preciosidad y riqueza de nuestra lengua, pero no sólo de eso, sino de la enorme belleza que tienen nuestras palabras del español, de la profundidad y especificidad de cada término, del inmenso mar e incluso océano interestelar de sentido y significado, que esconden en su interior, paciente, apocado, agazapado, esperando a que alguien venga a darle la mano y brindarle el baile para mostrar todo su esplendor. Así veo muchas veces nuestro hermoso español, sí, español, idioma en el que nos comunicamos todos los españoles, variedades de matiz y minuciosidades aparte, así como el que dice hablar gran parte de las naciones allende los mares, quienes se refieren a la tierra madre, cuna de su lengua, como fue, es y será, por mucho cambio que pudiera haber, España. Inmensa belleza pues la de ese español, pero no es mi intención exponer ningún tratado etimológico, léxico ni semántico, sino expresar la admiración que me provoca el hermoso descubrimiento, el levantar y aupar el significado de esas palabras, que permanecen quietas, esperando, inmóviles hasta que alguien les invita a mostrarse en su plenitud. Y el paso para descubrir este esplendor, este hermoso, luminoso y colorido despertar no es otro, que el que abre los pasos del conocimiento, de la aproximación al saber, al entender, al ver más allá de lo que externamente parece que dice una palabra, la interioridad, la reflexión, la meditación, podríamos incluso decir, la oración. Sí, la oración, porque orar es poner en comunicación ese yo del mundo de cada uno de nosotros, con el Yo único divino que todos compartimos en la unidad del Dios a cuya imagen y semejanza fuimos hechos.
En ese estado de actividad, de penetrar, de profundizar en el complejo universo de luz, sentido y sentimientos de las palabras, es en el que hoy, me he sentido cautivada por la palabra, complacer.
COMPLACER, bella, hermosa, preciosa palabra. Al pensar en ella, me quedo cautivada, pues me da la sensación de que lleva implícito el compartir, el dar, el recibir, el unificarse con el otro en un mismo bien y sentimiento, como si se alcanzara un trocito de divinidad ya en este mundo. Inevitablemente, asalta sin gran esfuerzo, la similitud con la palabra placer, y en esa similitud y antítesis, es donde comienza a radicar la enorme belleza del lenguaje, de nuestro bello español, hijo del latín. Placer, sensación con connotación, individualista, egoísta, abandonada a los sentidos. Tal vez sea un retrato un tanto extremo o caricaturesco, pero no difícil de imaginar, e incluso de forma involuntaria en la sociedad en que vivimos como bichos raros, como individuos impares y extraños, que no valoran el placer como tal, sino aparentemente incluso lo contrario. Inevitablemente asocio la palabra placer a la individualidad, a la soledad placentera, al que nadie me interfiera ni moleste, al poder dar rienda suelta a los deseos o antojos con una única finalidad, el placer físico o del mundo, una deliciosa comida, un descanso en un lujoso balneario, un… rienda suelta a los pensamientos de cada cual, pero el común denominador, el sujeto receptor, uno mismo.
Sin embargo, aunque muchos no lo crean, por no haberlo querido experimentar, pues si probaran lo ratificarían, existe una forma de placer mucho más intensa, y es la que aparece bajo el término, COMPLACER. Complacer, tiene la belleza del compartir, del multiplicar, del hacer mucho más grande el objeto del placer al ser compartido. Complacer supone una explosión serena de gozo compartido, un estallido del alma a dimensiones difícilmente abarcables, que transportan a una sensación incomparable.
Así, habla el mismo Dios, por boca del profeta Isaías, Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. Yo he puesto mi espíritu sobre él

para que lleve el derecho a las naciones”. Is. 42, 1.
Y escuchamos las palabras, en el monte Tabor, del Padre hacia su Hijo, en quien se complace, “Este es mi hijo amado, en quien me complazco; escuchadle” (Mt 17,5).
Complacer es sin duda el mayor placer, pues el placer compartido en la unidad del sentimiento es multiplicado hasta las dimensiones propias de donde procede la complacencia, de la divinidad.
Poco comentario más necesita, sino interiorización, reflexión, vivencia propia, de la enorme satisfacción del complacer, de esa plenitud que se alcanza con la unión en el compartir de un padre y un hijo, en ese complacer que conlleva la bondad, no la conveniencia o comodidad de uno de ellos a costa de su verdadero enriquecimiento y formación. Complacer es una sensación de plenitud que se obtiene casi siempre desde la quietud, como reflejo de la obtención de un fruto obtenido tras un duro trabajo, sensación plena que no se limita a una situación de mero placer, sino que va mucho más allá, que extralimita cualquier previsión, complacer es, por ejemplo, la sensación que experimenta un padre al contemplar que tras muchas caídas, su hijo echa a andar, complacer es contemplar que los hijos crecen y avanzan al aprender a asumir sus decisiones y tomar sus propias responsabilidades, complacer es compartir los éxitos de los hijos, obtenidos por sus méritos propios, compartir complacidos, el justo premio al arduo esfuerzo, complacer es contemplar la independencia de los hijos, que se hacen personas válidas y autónomas para caminar solos en la educación transmitida, complacer es contemplar que en esas personitas que un día no eran, fueron y ahora son, y que probablemente seguirán siendo cuando nosotros no seamos, se encierra un trocito de Dios que siembra el bien y que es capaz de complacerse haciendo el bien a los que le rodean.
Y ahora, dejando abierto un espacio a la reflexión, una sencilla pregunta, con personal respuesta. Si esta es la complacencia de un padre con un hijo, ¿Cómo y cuánto complazco yo a mi Padre del cielo?

Charo Ferreira
Enero 2015