CONFIANZA
Hoy me mueve una palabra compleja, o al menos así me lo parece, la palabra confianza. Así a simple vista parece una palabra normal. Es más de uso frecuente y bastante utilizada en todos los ámbitos. No parece pertenecer a esas palabras relegadas, sino que parece estar en pleno uso, y tanto para un ámbito mundano como espiritual. Es una palabra que aunque parece sencilla y con poco en su interior, hoy me parece descubrir en ella un universo, una mezcla explosiva de sentidos y significados, con una raíz, totalmente espiritual y divina, que en función de las derivaciones puede llegar a convertirse en lo más mundano y rastrero, en un mero intercambio económico, en un toma y daca.
Inicio sin más preámbulo. Confianza, como toda palabra con dicho prefijo, con el prefijo “con”, parece hacerse un hueco en el mundo del amor, por aquello del com-partir, por ese aditivo que implica a más de uno actuando y sintiendo al unísono, como veíamos en el com-placer. Creo que lo primero es ir a la miga, a la propia raíz, de confianza, de confiar, a la hermoso palabra del espíritu, FE.
Con estas simples dos letras, está prácticamente todo dicho y un mundo entero por descubrir, pues tan es esta hermosa palabra de otro mundo, del mundo del espíritu, que apenas, a duras penas llegamos a atisbarla, pues si no puedo mover montañas, es que no debo tener de ella, algo ni remotamente semejante al tamaño de un grano de mostaza. Así pues queda en evidencia demostrado, que esta palabra requiere mucha voluntad humana puesta en la divina y la gracia de la sabiduría para poder llegar a entenderla en su más profundo sentido, contenido y significado. A esa fe, en nuestro mundo, la interpretamos con un pseudo sinónimo, que podría ser creer, dar por bueno o válido, algo o alguien. Creer, confiar, podrían ser sinónimos entre sí, pero ambos descienden en grado respecto a la fe. La fe es más, mucho más, es cerrar los ojos, es aquella que se practica sin la razón, en ausencia total de ésta, pues no es necesaria cuando se tiene fe. Es más, me atrevería a decir que la razón es opuesta en muchos, muchísimos casos a la fe, por no decir que siempre, pues la razón se basa en fundamentos de este mundo, en evidencias, en proposiciones lógicas, adaptables a este mundo y alcanzables por él. La fe, nada tiene que ver con esto. No es razonable, entiendo por ello, asequible para la razón, que un muerto resucite, que un ciego vea, o que se pueda andar sobre el mar. La razón no llega, es necia, es limitada, es de este mundo. Sin embargo la fe, va más allá, mucho más allá, no es de este mundo, no conjuga lo posible y lo imposible pues ninguno de los dos existe, pues simplemente ES.
Hasta aquí, creo que pese a nuestra ignorancia en el poder abarcar el contenido que intuimos de la fe, la palabra confiar, entra dentro de los parámetros esperables.
La corrupción, la intromisión del mundo en tan bella palabra, la obtenemos cuando escindimos la palabra confiar, y nos quedamos con la última parte, con la palabra “fiar”. Entonces es aquí, cuando obtenemos una palabra, que absolutamente nada tiene que ver con la raíz de la que deriva, FE. Es como si el mismísimo demonio, se hubiera intentado apropiar de una de las más divinas palabras, de la palabra Fe, como lo ha hecho de otra de las más valiosas y divinas palabras, Amor, para empedernirla y corromperla, para mezclarlas con impurezas que las distorsionan por completo.
Sin embargo, hemos de pensar que aún nos queda la tercera palabra incorrupta, pues no pueden dar en el mundo nada que pueda sustituirla o embaucarla, Esperanza. Fe, Esperanza y Amor, como dice San Pablo, pero de estas tres, la más grande de todas es el Amor. Sin embargo, las tres son importantes e imprescindibles, aunque el amor subyace absolutamente en todo, y de ahí su vitalidad, su importancia.
Volvamos al “término” fiar, en el que la fe que la cimienta se ha mercantilizado, abajando la palabra a término mundano. Fiar, fianza, un toma y daca, un puro intercambio material, un decir, que como “no me fío de ti” como “no tengo fe en ti” necesito un valor material superior para asegurarme de tu falta de palabra, pues lo que es decir “fe”, ninguna.
Y así, nos encontramos personas que viven en la fianza permanente, pues no tienen la más mínima confianza en nadie, solo en el dinero, sólo en lo material. Y así nos encontramos a personas, por desgracia cada vez más… que piensan que todo, absolutamente TODO, es comprable, a menor o mayor precio, y que por desgracia afirman en sus vidas que todo, TODO, material o inmaterial tiene un precio. He aquí, donde encontramos la bifurcación y escisión completa entre dos tipos de pensamientos o personas, que son una muy buena aproximación a la comprensión y el entendimiento de la vida, para una persona de este mundo y para una que no es de este mundo. Inevitablemente, aunque disminuyan por el contagio social, siempre existirán personas sin precio, para las que casi todo en la vida, casi todo lo que puedan pensar o ansiar en la vida, no tiene ningún precio, no es comprable, y no es que sean avaros, y quieran pedir más y más en alza de precio, pues aunque suene retórico, ni todo el oro del mundo sería capaz de ser moneda de cambio respecto a cosas, que probablemente para otros fueran fácilmente comprables por unas monedas de vil metal, como lo fue hace casi 2000 años. Estas personas no comprables, que existir existimos, y damos fe de ello, son personas totalmente incomprendidas por el resto, quienes piensan que o bien mienten o que son verdaderos locos, ilusos o estúpidos, pues el oro, el poder y el dinero, según ellos, todo lo puede. Curioso es que estas personas no comprables, valoran tan poco la riqueza que incluso no sean ricos, o incluso lleguen a ser lo que muchos llamarían pobres o miserables, como lo fueron aquellos que abandonaron todas sus posesiones por seguir a Jesús. Es tan sencillo como que las riquezas y los bienes de este mundo para ellos son un motor sin gasolina, no les mueven, ni les deleitan lo más mínimo, son un diamante apagado, sin fulgor.
Y entonces es cuando empezamos a entender cosas como las que nos dice San Juan:
Nosotros hemos pasado de la muerte a la vida: lo sabemos porque amamos a los hermanos”
Cuando uno practica la Fe verdadera, no la fianza, sino la confianza, inevitablemente surge la necesidad, de que en esa CONFIANZA, subyazca el amor, como un compartir la fe, es más que un compartir, es como una plena y verdadera unión en la Fe, confiar es un creer a ciegas, un no haber resquicio alguno para la duda, ni para el temor, sino una completa credibilidad y amor que une a esas personas como si se tratara de una sola, de una sola en el mismo Cristo, esa es la verdadera Confianza, la que hace honor a su raíz intrínseca, Fe.
El mundo, no es fácil que entienda esto, no es posible que entienda que hay alguien, muchos, que no somos sobornables, que no tenemos precio, que estamos por encima de las cosas del mundo, porque para nosotros, esas cosas, no tienen valor, no existen. No nos deslumbra, lo que para ellos es increíblemente cegador, y les enoja que alguien esté por encima de esas ataduras, que no sea dominado, ni dominable por ellos, que esté fuera de su control, y de ahí, viene, por desgracia, uno de los grandes motivos por los que los cristianos, somos tan odiados en el mundo. Nada nuevo, nada nuevo, pues ya nos lo advirtió el mismo Jesús, y en estas palabras, San Juan:
No seamos como Caín, que procedía del Maligno y asesinó a su hermano. ¿Y por qué lo asesinó? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran buenas. No os sorprenda, hermanos, que el mundo os odie; nosotros hemos pasado de la muerte a la vida: lo sabemos porque amamos a los hermanos”
Mundo y espíritu, fianza y confianza, odio y amor, dualidades opuestas ante las que no caben las mediocridades, pues o estás conmigo, o estás contra mí. Si nos dejamos subyugar por el mundo, nos podrá comprar por unas simples monedas. Fuerte posicionamiento que nos exige hacernos la pregunta de si queremos pasar de la muerte a la vida, de la muerte de lo material para nosotros, a la vida de lo valioso, al verdadero amor.

El que no ama permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un homicida. Y sabéis que ningún homicida lleva en sí vida eterna. En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos.
Pero si uno tiene de qué vivir y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?
Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras.

Charo Ferreira
Enero 2015