CONSUELO


Consuelo es la palabra que hoy nos guía en la búsqueda, en el camino hacia Dios y los hombres. Consuelo, es una palabra que aparece con enorme frecuencia en las Escrituras y también en nuestras vidas.
Consuelo es un verdadero reclamo, es el humeante plato de comida del hambriento, es la dulce y mullida cama del descanso del peregrino, es la fresca y límpida agua que nos renueva cuando estamos acalorados y empapados en sudor, es el masaje que nos tonifica los músculos contraídos, es la suave y tupida manta que nos cubre cuando estamos ateridos de frío, es el refrescante frescor de la montaña en un cálido día de verano. Esto es el consuelo. El consuelo es un verdadero reclamo.
Pero también, consuelo, es el ruido del riachuelo cuando tenemos sed, son las luces de una población cercana, cuando nos creemos perdidos en el camino, es la voz que escuchamos tenue y amorosa, cuando nos creemos solos y abandonados, es una palabra cariñosa que nos brinda aquél que creíamos enemistado con nosotros, son los brazos protectores de un padre que envuelven al hijo, es una mano fuerte que encontramos tendida cuando nos sentimos débiles o abatidos, es el pulcro pañuelo que nos brindan para secar nuestras lágrimas, es el oído que escucha nuestros problemas, es la compañía que nos aporta seguridad, es la palabra que nos da ánimo en los momentos de abatimiento. Esto es el consuelo. El consuelo es un verdadero reclamo.
Pero también el consuelo, es el aguijón que pincha, el humo que nos dificulta la respiración, el latigazo en la espalda que nos yergue, la luz cegadora que nos cierra los ojos, el calambrazo que nos recorre el cuerpo, el trueno que nos ensordece, el terremoto que nos derriba, el fuego que nos abrasa, la inmensa ola que nos ahoga, la herida abierta que no sutura. Esto es la llamada del consuelo. El consuelo es un verdadero reclamo.
Pero también el consuelo, es el llanto que rasga el alma, es el dolor intenso del corazón contraído, es la noticia no deseada que nos anuncian con la mirada encharcada, es el dolor del enfermo, es la soledad del anciano, es el desprecio a los desvalidos, es la opresión al débil, es la injusticia al trabajador fiel. Esto es la llamada del consuelo. El consuelo es un verdadero reclamo.
Sí, en efecto, el consuelo exige una interacción, la interacción de alguien que sufre y alguien que le ayuda. El consuelo, exige un dar y un recibir, o mejor dicho, como la propia palabra indica, el consuelo consiste en compartir, en partir a medias, como acordaron Don Bosco y su sucesor Miguel Rúa, a medias con todo, la pena y el ánimo, el dolor y el alivio, el calor y el frescor, el llanto y la sonrisa, la asfixia y el aire renovado, la aspereza y la suavidad, el temor y la seguridad, la comida y el hambre, el agua y la sed, la luz y la oscuridad.
Así nos hizo Dios, con un corazón de carne capaz de conmoverse, de moverse con el afligido, con el que sufre, con el necesitado. Así, compasión es esa reacción, ese aguijón, ese latigazo, ese calambre, ese fuego, esa herida, ese dolor, ese trueno, ese terremoto, ese motor que nos impide permanecer impasibles, porque un hermano nuestro al que amamos sufre o tiene alguna carencia en la que nosotros podemos ir a medias con él, ayudarle, compartir, aliviarle, en definitiva, CONSOLARLE.
Esto es lo que el mismo Jesús nos enseñó sin pausa ni tregua durante su estancia entre nosotros y que nos sigue enseñando, pues Él nos aporta el ánimo que al rebosar en nosotros, pueda ser transmitido a los demás. Este “puede” deberíamos transformarlo en “debe” pues en nuestro interior, en nuestro corazón de carne, debería clavarse ese aguijón, dolernos ese latigazo, sacudirnos ese calambre, quemarnos ese fuego, sangrarnos y dolernos esa herida, hacernos retemblar ese trueno y sacudirnos ese terremoto. No debemos ni podemos quedarnos impasibles ante cualquier necesidad del prójimo, del hermano, del próximo o del lejano, pues hoy en día no hay distancias para poder ayudar, siempre hay medios, lo que no hay es disculpa para no hacerlo, ni justificación para el olvido, pues eso solamente indica una cosa, que tenemos un corazón de piedra, un corazón muerto, un corazón necrosado, un corazón impasible, un corazón que no vibra, que no reacciona, que no late, un corazón de hielo.
Compasión, ese hermoso sentimiento que un Dios vino a explicar al hombre frío, al hombre duro, al hombre calculador, al egoísta, al despreocupado, al rencoroso, al soberbio, y del que sembró rastro en todas las obras y lugares por los que caminó, amando, consolando.

En aquel tiempo, Jesús, bordeando el lago de Galilea, subió al monte y se sentó en él.
Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies, y él los curaba.
Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:
«Me da lástima de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que se desmayen en el camino.» Mt. 15, 29-33

Compasión es el materializar la belleza del amor, en la unidad entre las personas.
Compasión es hacerse Dios por un momento mediante esa fusión de los sarmientos en el árbol de la vida.
Consolar es hacer crecer el corazón de tal modo que rebose de ánimo y se funda en uno en Cristo con el del prójimo.
Consolar es caminar hacia el que nos necesita para destruir el mal inundándolo con el bien.
Consolar es inundar de paz el ambiente que nos rodea
Consolar es llenar la oscuridad de cegadora luz.
Consolar es regar de agua viva la tierra reseca del corazón agrietado.
Consolar es sentir la fuerza electrizante de la vida compartida con los que nos necesitan.
Consolar es hacer de una vida sin sentido una señal de indicación permanente.
Consolar es tejer con hebras de amor la belleza de la túnica de abriga al desprotegido.

Mientras tanto, esperamos el cumplimiento de la promesa del Señor, del amigo que nunca falla:
El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país. – Lo ha dicho el Señor -. Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte.»
Is. 25, 8-10