CREAR

Crear. Crear es la palabra que hoy me asalta para reflexionar sobre ella. Crear. Y hoy no puedo más, que recurrir a la definición de la RAE, que dice así: “Producir algo de la nada”, y como ejemplo pone inevitablemente, “Dios creó el cielo y la tierra”.
Crear, bella, bellísima palabra que nos aporta una visión muy clara de nuestra situación en el mundo, de nuestra insignificancia, de nuestra debilidad, y de lo necios que resultamos al intentar usurpar el título de creadores de algo. Es curioso, pero he aquí un bello concepto que nos sumerge en la necesidad de menospreciar lo material y darle privilegio y prioridad al mundo del espíritu, ni tan siquiera a la inteligencia o a la razón, sino al alma, al espíritu, a ese imponderable individual que cada uno llevamos dentro, porque como bien dice la RAE, parafraseando el Génesis, Alguien nos creó, pues nos hizo de la nada. El hombre es incapaz, de crear nada de la nada, de darle forma u origen a algo procedente de lo inexistente, de la nada, del vacío, siempre necesita un sustrato, un soporte, un sustento. Como mucho, y con gran esfuerzo, al cabo de siglos, el hombre, llega a enunciar una ley en la que afirma que el hombre es incapaz de crear, que en la naturaleza nada se crea ni se destruye, simplemente se transforma. Por lo tanto el hombre no crea, no crea nunca, ni tan siquiera cuando engendra, pues nada proviene de la nada, sino de algo ya existente. A pesar de ello, en su empeño por imitar a Eva y a Adán siendo falsos dioses, queriendo hacer que hacen, se empeñan en empeñar su vida al servicio de tal cuestión, de intentar lo que no pueden, lo que no aceptan no poder, querer ser dioses, manipulando la ciencia y la naturaleza. Sin embargo, la verdad es tal, y la realidad y el ser, es recurrente, y al final, se acaban mostrando todos esos micro logros, improductivos, desveladores y reveladores de la insignificancia del hombre frente al único y verdadero Dios.
Así, cuando el hombre “crea”, o mejor dicho, cuando decimos que crea, es alejándose del mundo material, pues en este no tiene cabida la creación más que por manos del Creador. Sin embargo, ese Dios, Dios, es magnánimo, es justo, es misericordioso, todo ello a la vez, y tanto es así, que nos hace, no inferiores a Él, sino a su imagen y semejanza, nos hace trocitos de Dios, pero en esa justicia de darnos la libertad, viene nuestra propia perdición, y es, querer quitarle a Él para ponernos nosotros, querer luchar contra su Amor, con nuestro egoísmo, y así, es como el hombre se sumerge en una balsa de lodos, de tierras movedizas, que le llena de miedos, de temores y le acaba engullendo y destruyendo. Sin embargo, cuando ese trocito de Dios, que somos cada uno de nosotros, en su libre libertad, asignada por quien le creó, descubre eso mismo, su procedencia, su poder interior, su espiritualidad, su vida sin apego a lo material sino con enlace divino, entonces es cuando en plena coherencia, el hombre se vuelve “creador”, creador de belleza, creador de obras sublimes, creador de obras materiales, son soportes del mundo, pero que no son tales, porque llevan incrustado, insertado, fundido, amalgamado, fragmentos de su espíritu, del espíritu Divino, repleto de magnificencia y belleza, que lo que hacen es acercarle y acercarnos a todos los que lo contemplamos a Dios, a la sublime belleza. Así, podemos contemplar, esas obras de arte, así podemos admirar, lo que no parece humano, y no lo parece porque no lo es, porque es divino, Divino, no con procedencia humana, sino con la procedencia del Creador.
En todas esas obras, el Creador, se inserta de forma firme y visible en el creador, le brinda su sabiduría, le brinda su conocimiento, le brinda su ser, la belleza por excelencia, para impregnar este mundo de su presencia, de su obra, de trocitos materiales que nos dan la mano a los que lo contemplamos para acercarnos más a Él, al mundo sublime, al mundo interior, a la perfección, al mundo que expande el corazón y el alma, pues se aleja de todo lo que valora este mundo.
No es necesario papel couché ni una pluma de oro y diamantes, para escribir bellos versos o escritos, que transportan a la persona a otro mundo, a otra dimensión. Escritos de tantos santos que ensalzan el alma y la portan en volandas a lugares desconocidos. No es necesaria más que una simple madera, procedente de la misma naturaleza, de la mano viva del Creador, o simple barro, aunque si es mármol también procede de la misma Mano creadora, para darle forma a la belleza, con ese aliento que sopla e inspira al creador que lo es por estar en manos del Creador.
Así vemos que no hay mayor belleza que la que inspira las obras que acercan a Dios. La belleza del arte sacro, y la arquitectura religiosa, es demostración fehaciente de que somos herramientas puestas en las manos y al servicio de Dios. Que ese Dios magnánimo, nos brinda e indica el camino, que sólo, firmes en Él, intentando volver a anexar ese gajo desgajado que somos cada uno en este mundo, somos realmente divinos, creadores por su Mano, por nuestra mano, por la misma Mano que se hace que se mezan suavemente y al unísono extrayendo de la madera la figura oculta, alzando hasta el cielo bloques graníticos que se elevan y yerguen mostrando la majestuosidad del Creador, pinceles que danzan bañados en un mar de colores, y que muestran a los ojos inimitable belleza, la belleza humana, plumas cargadas de tinta que se deslizan por el papel, transcribiendo sabiduría.
Así es pues, la belleza del Creador en el creador creado, la misma Mano de Dios en la tierra.

Charo Ferreira
Enero 2015