DESPERTAR

Hoy necesariamente nos guían los signos. Inconscientemente, y cada vez más nos guían en este mundo los signos, en un mundo hecho por y para la imagen, en un mundo externo, exteriorizante, que busca desde hace tiempo, de una forma subliminal eliminar de una forma muy selectiva, todo lo que parece representar un simbolismo, un símbolo, un signo, que proceda del mundo del espíritu, minimizándolo e incluso podríamos decir que ridiculizándolo, mientras que por el contrario, aparentemente de una forma contradictoria, a la vez, el mundo, se apoya en los signos, de tal modo y hasta tal punto, que llega hasta a sustituir el propio lenguaje. Todo ello fruto de la manipulación en la que la sociedad inconsciente, esos burros y asnos del belén, en el que nos vemos representados toda la sana, pero torpe y necia humanidad, nos dejamos llevar del creciente afán del demonio que lidera el relativismo, la manipulación social a través de la política, y del poder, de la masonería, al fin y al cabo, del ya anunciado César, que de una forma demoniacamente engañosa atolondra y embota las mentes de esa buena gente que inocentemente transita en el mundo dejándose llevar, sin portar ellos las riendas, a diferencia de aquellos que rigen y dirigen su destino por haberse unido al que conduce al buen camino, el único que lleva a buen puerto, al propio Camino, Verdad y Vida, al ejemplo de Cristo.
Este breve inicio que se ha escrito, parece tener mucho que ver con las lecturas católicas de Don Bosco, con ese afán de intentar despertar a nuestros hermanos del letargo en el que están inmersos, no por ser ellos más asnos que nosotros, sino por haberlo sido nosotros antes, y haber despertado ya.
¡¡¡Qué inmensamente bello es ser asno o buey en el pesebre, al lado del mismo Dios, Niño, poder darle calor, poder estar cerca de Él, en su inmensa Paz y Amor!!! Sólo así, cuando no sólo, no nos importe ser asnos o bueyes, sino que seamos capaces de agradecerlo y regocijarnos, por poder así estar junto a Dios, por poder darle calor y aprender de Él, de su simple mirada, de su susurro, de su sentir, entonces, sólo entonces, es cuando podremos empezar a entender verdaderamente, a poder ser de aquellos, que aunque asnos o bueyes sean, dirigen su vida a un puerto mucho más seguro, que todos aquellos que manipulan el mundo y las sociedades, de esos que se llaman dirigentes, políticos y poderosos. De hecho, ese ser asno o buey, pero junto al mismo Dios y dejándonos dirigir como necesitados por Él, es el único salvoconducto para llegar al puerto que desembarca en la vida eterna.
Pero no nos desviemos, pues se hace necesario, reivindicar como Don Bosco, ese despertar de los cristianos, ese desperezarse y proclamar la única verdad. La de aquél que nos avisó que, es el mismo, ayer, hoy y siempre. (Hb. 13, 8).
Abrir los ojos, no dejarse llevar por la cómoda marabunta que nos lleva al atolondramiento, al relativismo, a la mentira, a la manipulación y a la perversión. Y el análisis hoy parte de una bella palabra con mucho más significado del que se le quiere o puede usurpar en la realidad, o mejor dicho, con un significado puro, que se quiere vilipendiar, cambiar, ningunear y eliminar, sustituyéndolo por otro contrario a su germen y raíz, queriendo eliminar la coherencia que implica por la eliminación de la posibilidad de la misma, pues no hay que establecer concordia entre interior y exterior cuando el interior se ve eliminado y enterrado.
Eso es justo lo que quiere hacer esta sociedad manipuladora con el hombre, con la persona, con la imagen y semejanza de Dios, eliminar el interior, el alma, el espíritu para así intentar eliminar a Dios. Es una confabulación muy bien orquestada por aquellos que buscan la puerta trasera en el redil, por aquellos astutos, que conciendo de la sabiduría del amo, intentan, no engañarle a él, pues es imposible, aunque incluso quieran tentar al Señor, su Dios, como a Jesús en el desierto, pero sí buscan embaucar y engañar a todos estos asnos y bueyes, que nos dejamos fácilmente lisonjear y admirar por cualquier charlatán que se erija o erijan en líder, haciéndose de nuevo actualidad y verdad la sabiduría popular de seguir a Vicente.
Signos, no me olvido del principio que lleva al fin, porque justamente así debe ser el signo. El signo es una señal, una muestra, una demostración, una exteriorización de algo que se hace así patente, visual para este mundo. Eso es y ha sido siempre un signo, ese es el principal y veraz significado del signo para el cristiano. Curiosa relación encontramos entre estas dos bellas palabras, que mucho tienen que ver con el entendimiento de la Palabra, signo y significar. Bello entendimiento si recurrimos al significado de -ficar, del latin , que proviene de , es decir, hacer, y además lo completamos con la palabra “signo”, con esa expresión perceptible por los sentidos de algo que a priori no lo es.
Y así es la vida para el verdadero cristiano, para el que es igual ayer, hoy y siempre, como su Maestro, el mismo ayer, hoy y siempre. Desde que el hombre es hombre y el mundo es mundo, el signo, ha formado parte real de su vida. Otro tema distinto es la realidad que sustenta o no ese signo, pues he aquí la clave de la cuestión, y la realidad del signo. El signo tiene, para ser veraz, una única direccionalidad, la que tiene la verdad, desde el INTERIOR hacia el EXTERIOR, de dentro hacia afuera. Así, pues ese es el verdadero concepto del signo, una demostración, una exteriorización perceptible por el mundo, de una realidad de otra dimensión. El signo es simplemente, hacer tangible, hacer perceptible, algo que no lo es. Pero por otra parte, para que el signo sea signo, y signifique lo que realmente es, esa expresión externa, inexorable e indefectiblemente, debe estar arraigada y surgir a partir de una raíz interna que lo impele, que lo propulsa hacia el exterior, de modo que lo que externamente se ve, es fiel reflejo de lo que internamente permanece oculto a la vista del mundo.
Así es el signo para el cristiano y para el Pueblo de Dios. Así lo es a lo largo del Antiguo y del mismo modo del Nuevo Testamento. Todo es un verdadero signo, absolutamente todo, toda palabra, toda situación, toda vivencia, son signos que encierran una inmensidad de significados, y lo maravilloso de ello, es que todos, absolutamente todos esos variopintos significados confluyen en un solo punto, en un punto infinitesimal e infinito a la vez, en el Amor, en el único, primer y último mandamiento. Sin embargo, para que esos signos sean tales y porten verdad, deben ser fiel reflejo del interior, es decir deben ser generados en el interior y así vertidos hacia el exterior. He aquí, la escisión y la radical diferencia con lo que muchos entienden por signos o con el uso de ámbito externo y superficial que hoy se quiere hacer de ellos. El signo y en realidad todo obrar para un cristiano debe tener una única raíz, un único motor, un único alimento, el interior, el amor y la paz interior, y de ahí, deben obligatoria y necesariamente salir y fluir como un manantial incesante, los signos hacia el exterior, pues un cristiano no lo es, si no actúa, si no es Iglesia, si no comparte, si no concelebra, si no se compadece, si no se complace con los hermanos, si no convive, si no confiesa, si no está con Dios estando con el hermano necesitado. Y eso, ha de hacerse con signos, necesariamente con signos que refrenden lo intangible que anida en el interior. Así nos lo enseñó el mismo Dios hecho hombre desde el mismo momento de su concepción, de su nacimiento, siendo un completo signo divino, signos de profecías hechas realidad, signo de las dificultades que, para alguien que no es de este mundo tiene, el tener que vivir en este mundo, tener que hacerse necesariamente camino en este difícil y extraño mundo para llegar al otro.
Y así nació Jesús con el signo de la pobreza, y en concreto de la verdadera pobreza, la de los pobres de espíritu, la de los que llevan la pobreza en su interioridad más profunda, porque de ellos es el reino de los Cielos. Está claro que el Hijo del Padre, no podía nacer de una forma que no fuera un signo externo de lo que realmente llevaba en su interior, pues no es más rico el más tiene sino el que menos necesita, (en cuanto a cosas materiales claro está), y eso bien lo sabía la Sagrada Familia.
Signos, la vida de Cristo es todo un signo, Cristo, el ungido, el que se hace bautizar por Juan el Bautista como uno más siendo Él el predilecto, el nacido sin pecado, como signo de que se hacía uno de nosotros, cargaba con nuestros pecados, para la limpieza máxima, para la redención verdadera.
Y signo de ser quien era, aquél en quien el Padre se complace, es el que se abran los cielos y baje el Espíritu Santo en forma de paloma, como ocurrió en el bautizo de Jesús en el Jordán y como ocurriría también luego en Pentecostés, dos signos, dos símbolos de un fondo profundo, arraigado, interno, profundamente interior que es el que se manifiesta en estos dos Sacramentos. Sacramentos, he ahí la cuestión. Pues ¿Qué es un sacramento más que un signo exterior de algo que ocurre a nivel y dimensión espiritual, intangible para los sentidos? He aquí justamente la respuesta, el signo, es signo, si, y solo si, es reflejo fiel de la fuerza y verdad que lo origina, si es fiel proyección del interior hacia el exterior.
Y he aquí la manipulación del mundo, y lo que es peor, de una gran parte de los que se dicen cristianos, que han desligado totalmente el mundo del interior, del mundo de los signos, de su mundo exterior, bien eliminándolos pues acaban siendo una carga innecesaria y tediosa, pues de donde hay cada vez menos, o no hay, en el interior, no se puede sacar, o bien intentando que el signo sea meramente un ente externo, tipo emoticono, que ningún tipo de relación tiene con ese mundo interior, que por otra parte, está completamente aislado del mundo en el que viven, del mundo.
Así, se ha llegado a una antítesis e incoherencia plena de la vida del cristiano, que muchas veces hace signos sin sentirlos, o no los hace por no sentirlos. En ambos casos, nos encontramos ante una peligrosa vacuidad interior que destruye la vida del cristiano. Lo que creo es vital e importante es que reaccionemos ante tal avalancha de cambio reformista que busca la anulación del signi-ficado de los signos.
Así encontramos signos vitales para el cristiano como la Comunión, el hacer que Cristo esté presente en cada Eucaristía, que no han sido inventados por el hombre, sino que responden a una petición divina, haced esto en memoria mía. Si realmente fuéramos conscientes de lo que la Comunión signi-fica, ¿acaso no caeríamos abatidos una y otra vez ante ese inmenso amor de quien da la vida, el cuerpo y su sangre por amor a nosotros? Ni que decir tiene, lo que por desgracia tenemos que ver hoy en día en la administración de este santo Sacramento.
Si no se cree, si no se está seguro y convencido de lo que ese signo viene a significar como anclaje a un hecho tan inabarcable y profundo, ¿por qué se comulga? No lo sé, o tal vez prefiera no saberlo, pero por desgracia creo que mucho tiene que ver con esta escisión del signo como nexo inseparable de un algo interior y profundo.
Y he aquí de nuevo, siguiendo el ejemplo del Maestro un llamamiento a la falta de coherencia en el mundo como uno de los grandes males que nos alejan de la Verdad. No es fácil olvidar, aquella sencilla pero profunda frase, que en mi imaginar veo saliendo de labios de Jesús, mirando con una profunda mirada de amor y aceptación en la incongruencia del hecho a su amado Judas, diciéndole: ¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre?
Enorme recriminación a la humanidad en la persona de Judas, pues un beso es y por lo tanto debe ser, ayer, hoy y siempre, signo de amor, de nada más que de amor, de amor y de entrega, pero no de la de Judas, sino de la entrega que no sabe de rencores, que no lleva cuenta del mal recibido, que lo da todo sin pedir nada a cambio.
Signo, signar, persignar, hacer la señal de la cruz, una y mil veces, esa señal, ese signo universal del amor, al que algunos se empeñan en unir un falso signi-ficado, haciendo de la cruz, un emoticono externo vergonzante y molesto, que nada tiene que ver con su profundo, real y veraz significado, redención, vida, unión, amor.
Signos, ese y no otro es el signo del cristiano, el que expande, proyecta y trasmite al exterior, un inagotable manantial de amor, alegría, paz y buenas obras, desde el profundo interior que lo alimenta, y que por lo tanto ni puede ni debe permitir que nadie le venza o convenza para negar, obviar, ni relegar, todos esos signos, signos vitales en los que no caben alteraciones de significado, y que son muestra de alabanza, respeto, entrega, humildad y veneración, al Dios que por Amor, vivió y murió por nosotros.

Charo Ferreira
Enero 2015