MEMORIAS DEL ORATORIO
DON BOSCO EN SITUACIONES ADVERSAS

28. Una bala en la capilla Pinardi
Durante este año, los asuntos políticos y el ambiente público experimentaron un cambio, cuyo desenlace no se puede todavía prever.
Carlos Alberto concedió la Constitución (4 de marzo de 1848). Muchos se creían que la Constitución permitía también libertad para hacer a capricho el bien o el mal.
Apoyaban su aserto en que se había permitido la emancipación de judíos y protestantes, y pretendían que ya no había diferencia entre catolicismo y otros credos. Este principio podía aceptarse en política, pero no en religión.
Mientras tanto, una especie de locura se apoderaba de la juventud. Derramada por calles y plazas, se despachaba a placer contra el clero y contra la religión. Yo mismo sufrí varios atentados en casa y en la calle.
Un día, mientras daba el catecismo, entró una bala de fusil por la ventana, perforándome la sotana entre el brazo y las costillas, e hizo una gran desconchadura en la pared.
Otra vez, un sujeto bastante conocido, estando yo en medio de una multitud de niños, a pleno día, me agredió con un largo cuchillo en la mano. Por milagro, corriendo a toda prisa, pude huir y esconderme en mi habitación.
El teólogo Borel se salvó también prodigiosamente de un pistoletazo y una cuchillada, una vez en que le confundieron conmigo. Resultaba, en consecuencia, muy difícil tener a raya a una juventud que vivía en tal ambiente.
29. Oratorio del Ángel de la Guarda
En vista del número creciente de jovencitos de la ciudad que acudían a los oratorios, fue menester pensar en fundar un tercero, y fue éste el oratorio del Santo Ángel de la Guarda, en Vanchiglia, no muy distante del lugar en donde, por especial cooperación de la marquesa Barolo, surgiría después la parroquia de Santa Julia.
El sacerdote Juan Cocchi había fundado hacía varios años aquel oratorio con un fin algo semejante al nuestro. Con todo, encendido en amor patrio, determinó adiestrar a sus alumnos en el manejo del fusil para, luego, ponerse a su cabeza y marchar, como lo hizo, contra los austriacos.
Aquel oratorio permaneció cerrado un año. Después lo alquilamos nosotros, y se confió su dirección al teólogo Juan Vola, de grata memoria. Permanecería abierto hasta el año 1871, en que fue trasladado junto a la iglesia parroquial (de Santa Julia). La marquesa Barolo dejó un legado para este fin, con la expresa condición de que local y capilla se destinasen a jóvenes pertenecientes a la parroquia, cosa que efectivamente se cumple.
30. Al margen de la política
El marqués Roberto de Azeglio, promotor principal de tales actos, nos invitó formalmente, y, a pesar de haberlo yo rehusado, nos proveyó de cuanto hacía falta para que pudiésemos hacer un buen papel entre los demás. Nos había designado un puesto en la plaza Vittorio, junto a las instituciones de todo nombre, fin y condición.
¿Qué hacer? Rehusar era declararse enemigo de Italia; condescender significaba la aceptación de principios que yo juzgaba de funestas consecuencias.
-Señor Marqués, respondíle; ésta, que viene a ser mi familia, estos jóvenes de la ciudad que aquí se reúnen en torno a mí, no son un ente moral; haría yo el ridículo si pretendiera adueñarme de una institución que pertenece del todo a la caridad ciudadana.
-Tanto mejor. Sepa la caridad ciudadana que esta obra naciente no es contraria a las nuevas ideas; eso le favorecerá: aumentarán las limosnas; el municipio y yo mismo nos comportaremos dadivosamente con usted.
-Señor Marqués, mi propósito de mantenerme apartado de cuanto se refiere a la política es firme. Ni a favor ni en contra.
-Entonces, ¿qué pretende usted con su obra?
-Hacer el poco bien que pueda a los jovencitos abandonados, empleando todas mis fuerzas para que, en lo religioso, sean buenos cristianos, y honrados ciudadanos en lo social.
-Lo comprendo todo; pero usted se equivoca de medio a medio; si se empeña en mantenerse en esta dirección, todos le abandonarán y su obra será imposible. Es necesario estudiar el mundo, conocerlo y colocar las instituciones antiguas y modernas a la altura de los tiempos.
-Agradezco su benevolencia y los consejos que me da. Mándeme cualquier cosa en la que el sacerdote pueda e ejercitar la caridad, y verá pronto cómo sacrifico vida y hacienda. Pero ahora y siempre quiero mantenerme al margen de la política.
Aquel político renombrado me despidió cortésmente, y desde entonces nunca más hubo relación entre nosotros. Tras él, otros seglares y eclesiásticos me abandonaron.
Más aún, después del hecho que voy a narrar, quedé prácticamente solo.
31. En la iglesia-cobertizo se asfixiaban los muchachos
Eliminadas las penalidades que nos causaban la casa Pinardi y «La Jardinera», era necesario pensar en una iglesia más decorosa para el culto y mejor adaptada a las crecientes necesidades.
La antigua, a la verdad, había sido agrandada y correspondía al actual emplazamiento del comedor de los superiores (1875); pero era incómoda, por su escasa capacidad y poca altura. Como para entrar había que descender unos peldaños, en el invierno y cuando llovía se nos inundaba; en cambio, en el verano, nos sofocábamos por el calor y el insoportable tufillo. De ahí que no era raro que se desmayase alguno y hubiese que sacarlo fuera medio asfixiado.
Se necesitaba, por lo mismo, construir un edificio más proporcionado al número de jóvenes y más ventilado e higiénico. El caballero Blachier hizo un proyecto cuya ejecución nos proporcionó la actual iglesia de San Francisco y el edificio que limita con el patio que hay al lado de la iglesia. El empresario fue el señor Federico Bocca.
Cavados los cimientos, se procedió a la bendición de la primera piedra el 20 de julio de 1851. El caballero José Cotta la colocó en su sitio. El canónigo Moreno, ecónomo general (del Real Economato), la bendijo. El célebre padre Barrera, conmovido a la vista de la multitud que había acudido, subió sobre un montón de tierra e improvisó un elocuente discurso de ocasión.
Empezó con estas textuales palabras: «Señores, la piedra que acabamos de bendecir y colocar en los cimientos de esta iglesia tiene dos grandes significados.
Significa el granito de mostaza que se convertirá en místico árbol en el que vendrán a refugiarse muchos niños; y significa también que esta obra está fundamentada sobre la piedra angular de Jesucristo, contra la cual en vano maquinarán los enemigos de la fe».
Demostró después ambas proposiciones con gran satisfacción de los oyentes, que tenían por inspirado al elocuente predicador.
He aquí el acta (cópiese el acta de la solemnidad). (No fue incluida ni hallada nunca.) Aquellas fiestas tan sonadas atraían a jovencitos de todas partes de la ciudad, y a cualquier hora del día venían en cantidad; algunos pedían que los alojáramos en nuestra casa. El número de residentes pasó aquel año de cincuenta, y empezamos en casa con algún taller, ya que cada vez se advertían mejor los inconvenientes de que los jóvenes salieran a trabajar fuera.
Ya empezaba a surgir el ansiado edificio, cuando me percaté de que los fondos económicos estaban a cero. Había juntado treinta y cinco mil liras con la venta de algunos inmuebles, pero habían desaparecido como hielo fundido por el sol. El Economato nos asignó nueve mil liras que haría efectivas cuando la obra estuviese a punto de acabar. El obispo de Biella, monseñor Pedro Losana, dándose cuenta de que el nuevo edificio y toda aquella institución iban a ser de particular provecho para los muchachos albañiles de Biella, escribió una circular a sus párrocos en la que les invitaba a aportar su óbolo. He aquí la circular.
32. Derrumbamiento a media noche
Con la nueva iglesia de San Francisco de Sales, provista de sacristía y campanario, se facilitaba a los jovencitos que lo deseasen la asistencia a las funciones sagradas en los días festivos y a las clases nocturnas y diurnas. Pero ¿cómo atender a la multitud de pobres muchachos que pedían cobijo como fuese?. Tanto más cuanto que la explosión del polvorín del año anterior había arruinado el antiguo edificio.
En momento de tan angustiosa necesidad se tomó el acuerdo de añadir un nuevo brazo al edificio. A fin de poder aprovechar todavía el local viejo, se comenzó el nuevo por la parte más alejada, a saber, desde el final del actual refectorio hasta la fundición de los tipos de imprenta.
Los trabajos progresaron con rapidez, y, aunque el otoño se nos echaba encima, se llegó a punto de cubrir. Estaba ya colocada toda la armadura de madera, los listones clavados y las tejas amontonadas sobre las vigas para su colocación, cuando violentos aguaceros interrumpieron el trabajo. El agua cayó durante varios días y noches y, empapándolo todo, arrastro consigo la argamasa reciente hasta dejar desnudos y al descubierto los ladrillos y las piedras de los muros.
Sería la medianoche y estábamos todos descansando, cuando se oyó un rumor violento que cada vez se hacía más intenso y espantoso. Despiertan todos y sin saber qué pasa, llenos de miedo y envolviéndose en mantas y en sábanas, salen del dormitorio y huyen en confusión, sin saber adónde, pero con gran prisa, para escapar del peligro que se venía encima. Crece el desorden y el espanto; la estructura del techo y las tejas caen con inmenso estruendo, juntamente con los muros, que se desploman encima.
Dado que la construcción se apoyaba sobre el muro viejo del antiguo edificio, se temió que quedasen todos aplastados bajo las ruinas; pero no hubo que lamentar más que el espantoso ruido, sin que se produjeran desgracias personales.
Amaneció, y llegaron, para efectuar una inspección, algunos ingenieros del Ayuntamiento. El caballero Gavetti, al ver una gran pilastra que por haberse movido un tanto se inclinaba peligrosamente sobre un dormitorio, exclamó:
-¡Id a dar gracias a nuestra Señora de la Consolata! Esa columna se sostiene por verdadero milagro y, de haber caído hubiese sepultado en sus ruinas a don Bosco con los treinta jovencitos que dormían ahí abajo.
Como los trabajos eran a destajo, el mayor perjuicio fue para el contratista.
Nuestras pérdidas se valoraron en unas diez mil liras. El siniestro aconteció a medianoche del día 2 de diciembre de 1852.
En medio de las vicisitudes que afligen a la pobre humanidad, siempre está pronta la mano bienhechora del Señor para mitigar nuestra desgracia. Si aquel siniestro hubiese ocurrido dos horas antes, hubiera sepultado a los alumnos de las escuelas nocturnas. En efecto: acabadas las clases hacia las diez, antes de marcharse, unos trescientos de ellos anduvieron más de media hora por los locales en construcción. Poco después ocurriría el derrumbamiento.
33. Vino y veneno
Parecía existir todo un plan secreto contra mí, urdido por los protestantes o la masonería. Contaré brevemente algunos hechos. Una noche, mientras estaba dando clase a los jóvenes, se presentaron dos hombres pidiendo hablar conmigo, me invitaron a ir inmediatamente al «Corazón de Oro» para asistir a un moribundo. Quise acudir al instante, pero pensé en hacerme acompañar por algunos de los mayorcitos.
-No hace falta -me dijeron- que moleste usted a estos chicos. Ya le acompañaremos nosotros hasta la casa del enfermo, y lo volveremos aquí. El enfermo se puede asustar al verlos.
-No se preocupen de eso -añadí yo-; mis alumnos aprovecharán para dar un paseíto y se limitarán después a quedarse al pie de la escalera mientras yo esté con el enfermo.
Pero, llegados a la casa del «Corazón de Oro», me dijeron:
-Pase un momento. Descanse un poco. Entre tanto iremos a avisar al enfermo de que ha llegado usted.
Me condujeron a una habitación de la planta baja, en donde había unos cuantos juerguistas que, después de haber cenado, estaban comiéndose unas castañas. Me acogieron entre grandes encomios y alabanzas, y se empeñaron en que tomara castañas con ellos. Yo rehusé alegando que acababa de cenar.
-Por lo menos beberá un vaso de vino con nosotros –dijeron-. Le gustará. Es de la parte de Asti.
-Muchísimas gracias, pero no acostumbro a beber fuera de las comidas; me sentaría mal.
-Un vasito no le hará a usted ningún daño.
Y diciendo esto, pusieron vino a todos. Al llegar a mí, cambiaron de botella y de vaso. Me di cuenta entonces de su perversa maniobra. Mas, a pesar de ello tomé el vaso en la mano y brindé. Pero en vez de beber, intenté colocarlo sobre la mesa.
-Eso que usted hace es un desprecio -dijo uno.
-Es más, es un insulto -añadió otro-; usted nos ofende.
-No me apetece, no quiero y no puedo beber.
-Usted beberá a toda costa.
Dicho esto, me cogió uno por el hombro izquierdo y otro por el derecho, mientras decían:
-No podemos tolerar un insulto así. Beberá de grado o por fuerza.
-Si os empeñáis, beberé; pero dejadme hacer. Y ya que no puedo beber yo, se lo daré a mis muchachos para que lo beban en mi lugar.
Al decir esto, di un largo paso hacia la puerta y la abrí invitando a mis jóvenes a entrar.
-No hace falta; no hace falta que beba nadie. Esté usted tranquilo. Vamos en seguida a avisar al enfermo. Estos que se aguarden ahí abajo en la escalera.
A continuación me condujeron a una habitación del segundo piso, en donde, en lugar de un enfermo, vi acostado al mismo que me había venido a llamar, el cual, después de haber aguantado algunas preguntas, soltó una risotada, diciendo:
-Me confesaré mañana por la mañana.
Me marché en seguida y volví a mi trabajo.
Una persona amiga hizo algunas averiguaciones sobre las personas que me habían llamado y sobre sus intenciones, y pudo asegurarme que cierto sujeto les había pagado una suculenta cena con la condición de que me hicieran beber un poco de vino que él les había preparado.
34. Lluvia de garrotazos
Un mes después, más o menos, del suceso narrado, en la tarde de un domingo, me llamaron urgentemente desde casa Sardi, cerca del Refugio, para que confesara a una enferma que, según decían, estaba a punto de morir. A causa de los hechos precedentes invité a algunos de mis jóvenes mayorcitos a que me acompañaran.
No hace falta -se me dijo-, nosotros le acompañaremos. Deje a esos jóvenes en sus juegos. Esto fue una razón más para no salir solo. Coloqué a algunos en la calle, al pie de la escalera, y José Buzzetti y Jacinto Arnaud quedaron en el rellano del primer piso, a poca distancia de la puerta de la enferma.
Entré y vi a una mujer que estaba jadeante, como si fuese a dar el último suspiro. Invité a los presentes, en número de cuatro, a que se alejaran para poder hablar de las cosas del alma.
-Antes de confesarme -empezó a decir a grandes voces- quiero que aquel bribón que está enfrente se retracte de las calumnias con que me ha difamado.
-De ningún modo.
-¡Silencio! -gritó un tercero, poniéndose de pie.
Y los dos se pusieron de pie.
«Que sí», «que no», «que te casco», «que te hago triza» fueron expresiones que, subrayadas por horrendas imprecaciones, contribuyeron a que se armara un alboroto infernal en aquella habitación. En medio de aquel infierno se apagan las luces, aumentan los gritos y comienza una lluvia de bastonazos dirigidos hacia donde yo estaba sentado. En seguida adiviné el juego, que no consistía nada más que en hacérmelo pasar muy mal. No teniendo tiempo para pensar y menos aún para reflexionar, el instinto me guió; agarré la silla, me la puse sobre la cabeza y, recibiendo los bastonazos que descargaban furiosamente sobre la silla, caminé bajo aquella especie de escudo en dirección a la salida.
Habiendo podido escapar de aquel antro de Satanás, me lancé en brazos de mis jóvenes, que, al oír el ruido y los gritos, intentaban a toda costa entrar dentro. No recibí ninguna herida grave, pero sí que me alcanzó un bastonazo en el pulgar de la mano izquierda, que tenía apoyado en el respaldo de la silla; se me llevaron la uña con la mitad de la falange, como se puede ver por la cicatriz que aún conservo. Con todo, lo peor fue el susto.
Nunca pude saber el verdadero motivo de tales vejaciones, pero parece que todo fue urdido para atentar contra mi vida o, al menos, para hacerme desistir de calumniar, según decían ellos, a los protestantes.

35. El perro GRIS

El perro Gris fue ocasión de muchas conversaciones y de no pocas hipótesis. Muchos de vosotros lo habéis visto y hasta acariciado. Pero en este momento, dando de lado a las peregrinas historias que sobre él se cuentan, yo expondré la pura verdad. Los frecuentes atentados de que era objeto me aconsejaban no ir solo a Turín, ni tampoco volver. En aquel tiempo, el manicomio era el edificio más cercano al Oratorio; todo lo demás eran terrenos llenos de espinos y acacias.
Una tarde oscura, a hora ya algo avanzada, volvía yo completamente solo, y no sin algo de miedo, cuando vi junto a mí un perrazo que, a primera vista, me espantó; mas, al no amenazarme agresivamente, sino, al contrario, al hacerme fiestas como si fuera yo su dueño, nos pusimos pronto en buenas relaciones y me acompañó hasta el Oratorio. Algo parecido sucedió muchas otras veces; de modo que puedo decir que el Gris me ha prestado importantes servicios. Expondré algunos.
A fines de noviembre de 1854, en una tarde oscura y lluviosa, volvía de la ciudad y, para andar lo menos posible por despoblado, venía por el camino que desde la Consolata va hasta el Cottolengo. A un cierto punto advertí que dos hombres caminaban a poca distancia de mí. Aceleraban o retardaban su paso cada vez que yo aceleraba o retrasaba el mío. Cuando intenté pasar a la otra parte, para evitar el encuentro, ellos, hábilmente, se me colocaron delante; quise desandar el camino, pero no me fue posible, porque ellos repentinamente dieron unos saltos atrás y, sin decir palabra, me echaron una manta encima. Hice cuanto pude por no dejarme envolver, pero todo fue inútil; aún más, uno se empeñaba en amordazarme con un pañuelo. Yo quise gritar, pero inútilmente. En aquel momento preciso apareció el Gris, y aullando como un oso, se abalanzó con las patas delanteras contra uno y con la boca abierta contra el otro, de modo que tenían que envolver al perro antes que a mí.
-¡Llame a ese perro! -se pusieron a gritar con espanto.
-Lo llamaré; pero no os metáis con los transeúntes.
-Pero ¡pronto! -exclamaban.
El Gris continuaba aullando como un lobo o como un oso enfurecido.
Reemprendieron ellos su camino, y el Gris, siempre a mi lado, me acompañó hasta llegar al Cottolengo. Rehecho del susto y entonado con un buen vaso de vino que me ofreció la caridad de aquella casa, detalle que suele tener siempre a punto en honor de sus huéspedes, me volví al Oratorio bien escoltado.
Las tardes en que no iba acompañado de nadie, tan pronto como dejaba atrás las últimas edificaciones veía aparecer al Gris por un lado del camino. Muchas veces los jóvenes del Oratorio pudieron verlo, y hasta en una ocasión les sirvió de entretenimiento. Efectivamente, en cierta ocasión vieron entrar un perro en el patio.
Unos querían golpearle y otros estaban a punto de emprenderla a pedradas contra él. -No le molestéis -dijo Buzzetti-. Es el perro de don Bosco. Entonces todos se pusieron a acariciarle de mil modos y lo acompañaron hasta el comedor, donde estaba yo con algunos clérigos y sacerdotes y con mi madre. Ante la inesperada visita, quedaron todos estupefactos.
-No tengáis miedo -les dije-, es mi Gris; dejadlo que se acerque.
En efecto, después de dar una vuelta a la mesa, se puso a mi lado muy contento.
Yo lo acaricié y le ofrecí comida, pan y cocido; pero él rehusó. Aún más, ni siquiera quiso olfatearlo.
-Entonces, ¿qué quieres? -le dije.
El se limitó a sacudir las orejas y mover la cola.
-Come o bebe, o estate quieto -concluí.
Continuó entonces sus muestras de complacencia y apoyó la cabeza sobre mis rodillas, como si quisiera hablarme y darme las buenas noches; después, con gran sorpresa y no poca alegría, los chicos lo acompañaron fuera. Recuerdo que aquella noche había llegado yo tarde a casa y que un amigo me había traído en su coche.