MEMORIAS DEL ORATORIO
DON BOSCO ENFERMO Y CANSADO


26. «Preparado para morir»

En cuanto a mí, de vuelta a casa, víctima del agotamiento, me llevaron a la cama. La enfermedad se manifestó en forma de bronquitis, a la que se añadió tos y una inflamación peligrosa. En ocho días me puse a la muerte. Recibí el santo viático y los santos óleos. Pienso que en aquel momento estaba preparado para morir; sentía abandonar a mis chicos, pero estaba contento, porque acabaría mis días después de haber dado forma estable al Oratorio.

Al esparcirse la noticia de que mi enfermedad era grave, se produjeron tales muestras de sentimiento que no es posible explicar. Constantemente llamaban a la puerta hileras de jovencitos llorosos, que preguntaban por mi enfermedad. Cuantas más noticias les daban, más insistían en sus preguntas, yo oía los diálogos que tenían con el criado, y me emocionaba.

Después supe de qué fue capaz el afecto de mis jóvenes. Espontáneamente rezaban, ayunaban, oían misa, ofrecían sus comuniones. Se alternaban para pasar la noche y el día en oración ante la imagen de la Consolata. Por la mañana encendían velas, y hasta última hora de la tarde había siempre un número considerable de ellos rezando y suplicando a la augusta Madre de Dios que conservase a su pobre don Bosco.

Algunos hicieron voto de rezar el rosario entero durante un mes; otros, durante un año, y hasta llegó a darse que algunos lo hicieron por toda la vida; tampoco faltaron quienes prometieran ayunar a pan y agua durante meses, años y mientras vivieran. Me consta que hubo albañiles, peones, que ayunaron a pan y agua durante semanas enteras, aun sin disminuir sus pesados trabajos de la mañana a la tarde. Más aún, si tenían un rato libre, iban presurosos a pasarlo delante del Santísimo Sacramento.

Dios los oyó. Era sábado por la tarde, y se veía que esa noche iba a ser la última de mi vida. Así lo afirmaron los médicos que se reunieron en consulta, y así lo pensaba yo, que me veía totalmente falto de fuerzas y perdiendo continuamente sangre. Pero, entrada la noche, sentí que me vencía el sueño. Dormí. Al despertar me encontré fuera de peligro. Cuando por la mañana me visitaron los doctores Botta y Cafasso, me dijeron que fuera a dar gracias a nuestra Señora de la Consolata por el favor alcanzado.

Mis muchachos no lo creían si no me veían, y me vieron a poco ir con un bastoncito al Oratorio con una emoción fácil de imaginar y difícil de describir. Se cantó un Tedeum y el entusiasmo y las aclamaciones fueron indescriptibles.

Una de las primeras medidas fue cambiar en algo posible los votos y promesas que aquellos jóvenes habían hecho sin la debida reflexión cuando yo estaba en peligro de muerte.

Esta enfermedad tuvo lugar a primeros de julio de 1846, precisamente cuando debía abandonar el Refugio y trasladarme a otro lugar.

Me fui a pasar algunos meses de convalecencia a casa, en Morialdo. Hubiera podido prolongar más tiempo mi estancia en el pueblo natal, pero empezaron a venir de visita grupos de jovencitos, y ya no había manera de disfrutar de reposo y tranquilidad.

Todos me aconsejaban que pasase al menos un año fuera de Turín, en lugares desconocidos, para recuperar así la primitiva salud. Don José Cafasso y el arzobispo eran del mismo parecer. Pero como ello me resultaba demasiado penoso, me consintieron volver al Oratorio, con la obligación de no confesar ni predicar en el espacio de dos años.

Desobedecí. De vuelta al Oratorio volví a trabajar como antes, y durante veintisiete años no necesité de médicos ni de medicinas. Esto me ha convencido de que no es el trabajo lo que daña a la salud corporal.

27. Toda la fortuna en una cesta

Pasados algunos meses de convalecencia con la familia, pensé que podía volver a estar con mis queridos hijos, de los que cada día venía alguno a verme o me escribía.

Pero ¿dónde alojarme ahora, habiendo sido despedido del Refugio? ¿Cómo sostener una obra que cada día suponía más gastos y más trabajo? ¿Cómo iba a hacer frente a mis gastos y a los de las personas que me eran indispensables?

Quedaron por entonces libres, en la casa Pinardi, dos habitaciones, y las alquilamos para vivienda de mi madre y mía.

-Madre, le dije un día, tendré que trasladarme a vivir a Valdocco; por razón de los que viven en aquella casa, no puedo llevar conmigo a nadie más que usted.

Comprendió ella la fuerza de mis razones, y añadió enseguida: - Si crees que es del agrado del Señor, dispuesta estoy a partir al momento.

Mi madre hacía un enorme sacrificio, porque en la familia, aunque no fuese rica, era, sin embargo, la dueña de todo, amada por todos y considerada como reina por pequeños y grandes.

Enviamos por delante algunas cosas de las más necesarias, que, con las que ya tenía yo en el Refugio, sirvieron para hacer algo acogedora la nueva vivienda. Mi madre llenó el canasto de ropa blanca y puso en él otros objetos indispensables: yo tomé mi breviario, un misal, algunos libros y mis apuntes de mayor utilidad. Esto era toda nuestra fortuna.

Salimos a pie de I Becchi hacia Turín. Hicimos una corta parada en Chieri y, por la tarde del 3 de noviembre de l 846, llegamos a Valdocco. Al vernos en aquellas habitaciones faltas de todo, dijo bromeando mi madre:

-En casa todo eran preocupaciones para disponer y administrar, aquí estaré más tranquila, pues no tengo a quien mandar, ni dinero que gastar.