MEMORIAS DEL ORATORIO
DON BOSCO JOVEN

9. La sociedad de la alegría
Y como quiera que los compañeros que querían arrastrarme al desorden eran los más descuidados en sus deberes, también ellos empezaron a venir conmigo, para que hiciera el favor de dictarles o prestarles los apuntes escolares.
Disgustó tal proceder al profesor, pues mi equivocada benevolencia favorecía su pereza. Y me lo prohibió severamente.
Acudí entonces a un medio más ventajoso, es decir, explicarles las dificultades y ayudar también a los más atrasados. Así agradaba a todos y me ganaba el bien querer y el cariño de los compañeros. Empezaron a venir para jugar, luego para oír historietas y para hacer los deberes escolares y, finalmente, venían porque sí, como los de Morialdo y Castelnuovo.
Para darles algún nombre, acostumbrábamos a denominar aquellas reuniones Sociedad de la Alegría. El nombre venía al pelo, ya que era obligación estricta de cada uno buscar buenos libros y suscitar conversaciones y pasatiempos que pudieran contribuir a estar alegres.
Por el contrario, estaba prohibido todo lo que ocasionara tristeza, de modo especial las cosas contrarias a la ley del Señor. En consecuencia, era inmediatamente expulsado de la Sociedad el blasfemo, el que pronunciase el nombre de Dios en vano o tuviera conversaciones malas.
Así colocado a la cabeza de una multitud de compañeros, se pusieron de común acuerdo estas bases :
 Todo miembro de la Sociedad de la Alegría debe evitar toda conversación y toda acción que desdiga de un buen cristiano.
Exactitud en el cumplimiento de los deberes escolares y religiosos.
Todo esto contribuyó a granjearme el aprecio, al extremo de que en 1832 mis compañeros me honraban como a capitán de un pequeño ejército.
Me reclamaban por todas partes para animar las diversiones, hacerme cargo de alumnos en sus propias casas, y también para dar clase y hacer repasos a domicilio.
De este modo me facilitaba la divina Providencia la adquisición de cuanto necesitaba para ropas, objetos de clase y demás, sin ocasionar ninguna molestia a mi familia.
10. Mocito de café
Tras estos detalles de la vida escolar, contaré algunos sucesos que pueden servir de amena diversión.
El año de humanidades cambié de pensión. Así podía estar más cerca de mi profesor don Pedro Banaudi, y condescender con un amigo de mi familia, llamado Juan Pianta, que abría aquel año un café en la ciudad de Chieri.
Aquel hospedaje era ciertamente bastante peligroso. Pero viviendo con medios cristianos y continuando las relaciones con compañeros ejemplares, pude seguir adelante sin daños morales.
Los deberes escolares me dejaban mucho tiempo libre, que dedicaba, en parte, a leer los clásicos italianos y latinos, y, en parte, a fabricar licores y confituras. Al cabo de medio año estaba en condiciones de preparar café y chocolate, y dominaba los secretos y las fórmulas que me permitían confeccionar toda clase de dulces, licores, helados y refrescos.
Mi amo comenzó dándome albergue gratuito. Y, después, al considerar lo útil que podría serle para su negocio, me hizo proposiciones ventajosas con tal de que dejase todas las demás ocupaciones para dedicarme totalmente a aquel oficio.
Pero yo trabajaba en ello sólo por gusto y diversión. Mi intención era la de seguir los estudios.
11. Las olimpiadas de Juan Bosco
Demostrado que en mis habilidades no había nada de magia, de nuevo me entregué a reunir a mis compañeros y a divertirme como antes. Sucedió por entonces que algunos levantaban hasta las nubes a cierto saltimbanqui, que había dado un espectáculo público recorriendo a pie la ciudad de Chieri de punta a punta en dos minutos y medio, que es casi el mismo tiempo que emplea una locomotora a gran velocidad.
Sin medir las consecuencias de mis palabras, dije que yo me desafiaba con el charlatán. Un compañero imprudente fue a contárselo a él, y heme metido en un desafío:¡un estudiante desafía a un corredor de profesión!
El lugar escogido fue la alameda de la Puerta de Turín. La apuesta era de veinte liras. Como yo no tenía tal cantidad, varios amigos que pertenecían a la Sociedad de la Alegría me ayudaron.
Asistía una enorme multitud. Comenzó la carrera, y mi rival me tomó unos pasos de ventaja. Pero enseguida gané terreno y le dejé tan atrás que se paró a la mitad de la carrera, dándome por ganada la partida.
-Te desafío o saltar -dijo-. pero hemos de apostar cuarenta liras, o más, si quieres. Aceptamos el desafío, y como le tocase a él la elección del lugar, fijó el salto: consistía en saltar un canal hasta el muro de contención. Saltó él primero y llegó a poner los pies junto al muro justamente. De esta manera, al no poder saltar más allá, yo podía perder, pero no ganar. Mas el ingenio vino en mi ayuda. Di el mismo salto, pero apoyé las manos sobre el parapeto o muro y caí de la otra parte. Me dieron un gran aplauso.
-Te desafío otra vez. Escoge el juego de destreza que prefieras. Acepté y elegí el de la varita mágica, apostando ochenta liras. Tomé, pues, una varita, puse un sombrero en su extremo y apoyé la otra extremidad en la palma de la mano. Después, sin tocarla con la otra, la hice saltar hasta la punta del dedo meñique, del anular, del medio, del índice, del pulgar; la pasé por la muñeca, por el codo, sobre los hombros, a la barbilla, a los labios, a la nariz, a la frente; luego, deshaciendo el camino, volvió otra vez a la palma de la mano.
-No creas que voy a perder -dijo el rival-; éste es mi juego favorito.
Tomó la misma varita y, con maravillosa destreza, la hizo caminar hasta los labios, donde chocó con su nariz, un poco larga, y, al perder el equilibrio, no tuvo más remedio que agarrarla con la mano, porque se le caía al suelo.
El infeliz, viendo que le volaba su dinero, exclamó casi furioso:
-Paso por todo, menos porque me gane un estudiante. Pongo las cien liras que me quedan. Las ganará el que coloque sus pies más cerca de la punta de aquel árbol.
Señalaba un olmo que había junto a la alameda. Aceptamos también esta vez. En cierto modo hasta nos hubiese gustado que ganase, pues nos daba lástima y no queríamos arruinarle.
Subió primero él, olmo arriba; llegó con los pies a tal altura, que a poco más que hubiera subido se hubiese doblado el árbol, cayendo a tierra el que intentase encaramarse más arriba. Todos convenían en que no era posible subir más alto.
Lo intenté. Subí cuanto fue posible sin doblar el árbol. Después, agarrándome en el árbol a dos manos, levanté el cuerpo y puse los pies un metro más arriba que mi contrincante. ¿Quién podrá nunca expresar los aplausos de la multitud, la alegría de mis compañeros, la rabia del saltimbanqui y mi orgullo por haber resultado vencedor, no de unos condiscípulos, sino de un campeón de charlatanes?

En medio de su gran desolación, quisimos proporcionarle un consuelo. Compadecidos de la desgracia de aquel infeliz, le propusimos devolverle el dinero, si aceptaba una condición: pagarnos una comida en la fonda de Muletto.
Aceptó agradecido. Fuimos en número de veintidós: ¡tantos eran mis partidarios! La comida costó veinticinco liras y le devolvimos doscientas quince. Fue aquel un jueves de gran alegría. Y yo me cubrí de gloria por haber ganado en destreza a todo un profesional. Los compañeros, contentísimos, porque se divirtieron a más no poder con el espectáculo y el banquete final. También debió de quedar contento el charlatán, que volvió a ver en sus manos casi todo su dinero y gozó también de la comida.
Al despedirse dio las gracias a todos diciendo:
-Al devolverme el dinero, me evitáis la ruina. Os lo agradezco de corazón.
Guardaré de vosotros grato recuerdo. Pero en la vida me volveré a desafiar con un estudiante.
12. «No es el hábito lo que honran»

El día 30 de octubre de 1835 debía estar en el seminario. El escaso equipo de ropa estaba preparado. Todos mis parientes se mostraban contentos, y yo más que ellos. Sólo a mi madre se la veía pensativa, y no me perdía de vista como si tuviera que decirme alguna cosa.
La víspera de la partida por la tarde me llamó y me dijo estas memorables palabras:
-Querido Juan, ya has vestido la sotana de sacerdote. Como madre experimento un gran consuelo en tener un hijo seminarista. Pero acuérdate de que no es el hábito lo que honra tu estado, sino la práctica de la virtud. Si alguna vez llegases a dudar de tu vocación, ¡por amor de Dios!, no deshonres ese hábito. Quítatelo en seguida. Prefiero tener un pobre campesino a un hijo sacerdote descuidado en sus deberes.
Cuando viniste al mundo te consagré a la Santísima Virgen; cuando comenzaste los estudios te recomendé la devoción a esta nuestra madre. Ahora te digo que seas todo suyo. Ama a los compañeros devotos de María. y, si llegas a sacerdote, recomienda y propaga siempre la devoción a María.
Al terminar estas palabras, mi madre estaba conmovida y yo lloraba. Le respondí. -Madre, le agradezco todo lo que usted ha hecho y dicho por mí; sus palabras no caen en el vacío, y serán todo un tesoro a lo largo de mi vida.
Por la mañana temprano fui a Chieri, y por la tarde del mismo día entré en el seminario.
13. Improvisación sobre San Roque
Aquel día (16 de agosto) era la fiesta de San Roque, que suele llamarse día de la comida de piñata, o de la cocina, porque los parientes y amigos suelen aprovechar ese día para invitarse recíprocamente a comer y divertirse con algún entretenimiento público.
Con tal motivo sucedió un episodio que demuestra hasta dónde llegaba mi audacia. Se esperó al predicador de aquella solemnidad; era ya la hora de subir al púlpito y no llegaba. Para sacar al párroco de Cinzano de aquel apuro, iba yo de unos a otros, entre los muchos párrocos allí reunidos, rogando e insistiendo para que alguno predicase algo a los innumerables fieles que llenaban la iglesia.
Ninguno quería aceptar. Cansados de mis repetidas invitaciones, me respondieron ásperamente:
-Pero, ¿tú qué te has creído? ¿Que improvisar un sermón sobre San Roque escomo beberse un vaso de vino? En vez de molestar a los otros, ¿por qué no lo haces tú?
Todos aplaudieron aquellas palabras. Mortificado y herido en el amor propio, respondí:
-Yo no me atrevía. Pero ya que ustedes no se animan, acepto.
Se cantó en la iglesia un himno sagrado, para que pudiera preparar algo. Subí al púlpito e hice un sermón que siempre dijeron que fue el mejor de cuantos pronuncié antes y después.